miércoles, 13 de junio de 2018

María


En mayo, cuando viajé a Portugal, la visité a María (mi tía abuela, portuguesa, 90 años) y me acordé de un texto que había escrito sobre ella en 2013. Y lo busqué y lo releí. Hermosa María. Acá, un fragmento.

Desde hace más de una década visito a mi tía con cierta regularidad. La vine a ver por primera vez en el año 2000, a la  casa de São João do Estoril —una localidad costera a 30 kilómetros de Lisboa—, donde estoy ahora. Pasé con ella en esta misma casa, de un barrio llamado Galiza, los últimos meses del 2001. Juntas vimos el derrumbe de las Torres Gemelas y el comienzo de la guerra de Irak en 2003. Ese año yo había decidido estudiar lengua y cultura portuguesas, y me había mudado a Lisboa. No vivía con mi tía, pero la frecuentaba. Después volví a Buenos Aires y siete años más tarde, en mayo de 2011, en el lugar de siempre, nos volvimos a ver. Esa vez charlamos mucho. Quizá, más que las veces anteriores. Y fue durante ese breve período, entre una charla y otra, cuando me pregunté, una y otra vez, cómo, con qué recursos, cuando se carece de casi todo, llega una mujer a formar su carácter y defenderse y vivir, de adulta, todas las vidas que le han tocado. Porque María, intuí en ese entonces, es muchas —demasiadas— mujeres a la vez. Mirarla a ella era como mirar un destino colectivo sobre el que me hacía preguntas.
Tal vez por eso, tiempo después vuelvo a verla. Ella me recibe como si me hubiese estado esperando. Yo, como diciendo: “¿Viste que no pasó tanto tiempo al final?”.
Sin embargo, algunas cosas han cambiado desde la última vez: ahora y desde hace tres semanas, María está postrada recuperándose, después de una caída, de una cirugía de fémur.
Que los huesos se achaquen y se rompan es usual a determinada edad y, en ocasiones, en muchas, las consecuencias de dichos achaques son previsibles, además de tristes. Sin embargo hay algo que me tranquiliza: mi tía no suele ser la regla. Así como se la ve, sola y medio descangayada, derriba estadísticas, altera pronósticos, acorta tiempos de recuperación y me pregunta, desde la cama después de saludarme y sonreír y ser, contra toda previsión, la de siempre en la voz y el espíritu en alto, si ya almorcé, si no me gustaría comer algo, que en la heladera hay de todo. Fijate: hay queso, hay leche, hay carne.
—Hacete un sándwich, vos al final nunca comés nada.
Yo no comeré nada, pienso, pero vos, tía, no cambiás más.

(fragmento del texto Todas las vidas de María)

domingo, 11 de febrero de 2018

Borges en Il Giornale



Nota sobre Buenos Aires en en el diario Il Giornale de Italia. El texto es de David Brullo, la foto es mía. 

miércoles, 3 de enero de 2018

Federico Fellini y el origen de los sueños


Tras cinco años de reformas y varios intentos fallidos, reabre en la ciudad de Rímini la mítica sala Fulgor, donde el cineasta italiano vio sus primeras películas y cuyos alrededores inspiraron escenas memorables.
(texto publicado en La Nación Revista)

viernes, 3 de noviembre de 2017

El Irízar vuelve a navegar



Ushuaia es la ciudad del fin del mundo y es, además, la capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur; está situada a 3000 kilómetros de Buenos Aires, a 17.000 de Alaska. A Ushuaia viajé a principios de octubre y visité el buque insignia de la Fuerza Naval Antártica. 
El 12 de ese mismo mes, la ciudad cumplía 133 años y lo festejaba en grande: una ceremonia oficial, un desfile cívico militar, multitudinario y colorido, y la apertura al público del renovado rompehielos Almirante Irízar, el buque de la Armada Argentina que había llegado al país en 1978 y que un día de 2007, después de 34 campañas al Continente Blanco, se había incendiado en alta mar.
Al verlo ahora, costaba creer que semejante mole, una mole que se le había atrevido a los hielos más duros del planeta, hubiera ardido un 80% y que, aun así, se hubiera salvado.
La tarde del 12 de octubre, en una de sus salas, el comandante Maximiliano Mangiaterra se refirió a lo ambicioso del proyecto de reconstrucción y anunció, ante la prensa, que en pocos días el barco cruzaría el Pasaje de Drake, que llegaría a la Antártida y que así cumpliría con las pruebas de hielo, antes de volver a Buenos Aires para el alistamiento y el regreso al servicio activo en la próxima campaña de verano.
—Es un orgullo —dijo— que el Irízar vuelva a operar y que lo haga con tecnología de última generación.
Cuatrocientos metros cuadrados dedicados a la ciencia, que abarcan trece laboratorios para tareas de glaceología, química, biología marina; un puente de mando integrado y espacio suficiente para alojar a más de trescientos tripulantes: a eso se refería el comandante. Un buque convertido en una máquina multipropósito y en unos de los diez rompehielos más grandes del mundo. En síntesis, un “ave Fénix gigante”.
Cuando la conferencia de prensa terminó, subí una escalera y entré a la sala de mando. El sol caía sobre un frente como un enorme parabrisas y formaba sombras más allá de una hilera de pantallas. Al salir, vi a un marinero de camisa y saco liviano frotándose las manos. La temperatura no superaba los cinco grados centígrados, y sin embargo, ahí estaba el hombre, firme, como otros más de la dotación.
—Por acá —me dijo, guiándome para el descenso.
Le deseé buena suerte. Y me lo agradeció.
—Vamos a necesitarla —dijo.
Llegué al piso siguiente, caminé hasta uno de los extremos, saqué fotos y bajé los escalones que restaban. Después, ya en tierra firme, me subí el cierre de la campera hasta la nariz. Y me fui.

(texto publicado en la revista Pangea)

sábado, 16 de septiembre de 2017

La libertad es un tren

                                                           De Florencia a Venecia  © María Soledad Pereira

lunes, 14 de agosto de 2017

La Gran Proa

Por iniciativa propia, llego a pie a la estación de trenes y, desde ahí, en colectivo en el número 9, al cementerio. A pesar de que a Fellini no le gustaba volver a Rímini, finalmente volvió. Y, acá, está: en el panteón familiar, junto a su esposa y su hijo, a metros de la entrada, en una tumba con forma de nave que viaja a través del tiempo  y que, al decir de su autor, el escultor italiano Arnaldo Pomodoro, representa, a la vez, la grandeza y gloria de la obra del cineasta. Me acerco, le dejo flores. “Si son para Fellini me dijo, minutos antes, el florista—, que sean rojas". 
Es mi penúltimo día y, como si los astros lo supieran y se empeñaran en ponerle dramatismo a la despedida, el cielo empezó a encapotarse. 

                                                                                            © María Soledad Pereira

miércoles, 28 de junio de 2017

Tras la sombra de Fellini


Dall’Argentina a Rimini per studiare Fellini. Una brutta avventura


Mi experiencia tras los pasos de Fellini en una nota de Davide Brullo publicada en el diario Rimini2.0.