viernes, 9 de agosto de 2013

Aprender a dialogar

Empecé a anotar historias ajenas, anónimas, cuando escribía el cuento “El reloj”. El diálogo telefónico o, mejor dicho, el monodiálogo —recurso central del relato— sonaba medio inverosímil, le faltaba algo, no sé, esas cosas que a veces les faltan a los textos. Entonces me lo propuse: anotaría durante el tiempo que hiciera falta las conversaciones telefónicas que oía en el viaje de casa al trabajo. Es increíble —me di cuenta enseguida— la cantidad de historias que se confiesan y circulan arriba de un colectivo, en Buenos Aires. A mí, sin embargo, la historia en sí no me importaba. Lo que a mí me importaba por entonces era el “cómo”. ¿Cómo se dialoga?, me preguntaba. ¿Qué muletillas usamos? ¿Cuántas veces nos repetimos? ¿Nos repetimos? Yo tenía que destrabarme y terminar mi cuento de una vez: eso era todo. Pero un día me vi enredada en una de esas conversaciones. Y después en otra y así. Y aunque seguí anotando muletillas y frases hechas y marcas del habla oral, el “qué” había cobrado sentido y entonces me daba pena bajarme cuando la cosa iba por el nudo o cuando recién empezaba. “Estoy medio paranoica —le dice un día una chica a alguien—. No sé, pero como que está raro, ¿entendés? Ponele, ayer me conecté después del almuerzo. Me dice: Che, justo me agarrás yéndome para el Tigre. Después, a la noche me dijo al toque que se iba a comer y a dormir. Yo estoy reentregada y el chabón tipo que nada. Para mí que algo pasó el sábado cuando salió”. 
Entonces yo tenía que bajarme: me paraba, tocaba el timbre, pero me quedaba pensando. ¿Cómo le habría ido a Adriana?, pensaba, el día en que Adriana le decía a Laura: “¿Cómo estás, Lau?, habla Adriana. Estoy yendo al Ministerio de Economía. Prendé una vela doce y media. Una entrevista con Floro Randazzo. Así que después te cuento. Vamos a ver qué pasa, te mando un mensaje a la noche…”. 
A los tres meses había terminado el cuento. Un amigo lo leyó y me dijo cómo hiciste. El texto estaba logrado y yo me sentía satisfecha. Sin embargo, desde entonces vuelvo al cuaderno de notas y las releo. Releo las conversaciones por la mitad, los nombres propios, me fijo en las técnicas narrativas detrás de cada nombre, en los “che, ¿podés hablar?”, “qué te iba a decir”, “bueno, no sé para qué gastamos saliva”. Y me digo que algo debería hacer. Con tanto fluido y repertorio de experiencias. Y vida. Trunca. ¿Acaso debería completar la historia? ¿Buscarle un sentido? Por esa manía tan elemental de buscarle un sentido, un cierre. A todo. No sé. A lo mejor completar la historia es hacerla perdurar. Hace rato que me digo lo mismo y hace rato que algo tengo que hacer.

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