miércoles, 7 de agosto de 2013

Autorretrato I

Te miro y me gustás. Así, menudita, flaca, rubia. Lacia también pero no tanto, y mejor al final. Que un poco de movimiento al pelo no le hace mal a nadie. Menos a vos. Tan clásica siempre si no es negro es blanco, si no es blanco, rojo y hasta ahí—. Decía, esas ondas en el pelo, a veces revuelto, te dan el aire que te merecés: ni tan prolijo ni tan correcto. Si al fin y al cabo sos loca vos.
Aunque a simple vista nadie lo pueda decir. Ni nadie diga esta chica es hipocondríaca y claustrofóbica ni diga la edad que tenés.
32 decís vos. Hace cuánto, no sé. Pero de tanto decirlo te lo terminaste creyendo y también los demás.
Hay un rollo ahí, la psicóloga te dijo una vez, algo sin superar y ocho cuartos.
Y vos decís que sí, que puede ser, pero no vas a dejar de decir 32: cuando pensás en la edad te angustiás. Y cuando pensás en lo viejo y en el olor a viejo. A vos la vejez no te va. Para vos no se han hecho ni el ciático, ni las canas, ni las patas de gallo, ni.
Ese principio de papada te aterra. Y lo odiás con un odio infinito aunque no sea más que eso: un puro principio.
Papada dónde, te dice una de tus amigas. No podés ser así. Con vos y los demás.
Así cómo, decís.
Como despiadada. Como que no te perdonás una, ni al resto se la perdonás.
Pero la culpa no es toda tuya. Para que sepas hay cosas que heredaste y lo que no heredaste lo aprendiste, y aparte sos hija única vos.
Sobreprotegida, exigente, consentida, neurótica por lo perfectito. Así y todo, única, dijo desde el vamos tu padre. Y por algo te llamó Soledad.