sábado, 19 de marzo de 2016

Vivir sola

Tenía veinte años cuando me fui a vivir sola. Después de una temporada en una residencia universitaria y otra, en el departamento —puro luces de tubo— de una amiga, había decidido independizarme, aunque la independencia supusiera, al menos al principio, dormir con el velador encendido y llamar a casa de mis padres, en Zárate, todas las noches. Hablaba sobre todo con mamá. Invariablemente, ella me preguntaba si me alimentaba bien y me decía que no me olvidara de atrancar la puerta de entrada antes de irme a dormir. Así pasó el tiempo hasta que a los dos meses las cosas empezaron a cambiar: los ruidos domésticos —los del ascensor, los de la ducha del vecino de al lado, los de alguna persiana trabándose al bajar— ya me resultaban familiares y sentía que podía pedirle al encargado que me cambiara una lamparita o me ayudara a encender la calefacción. Irse a vivir solo es como largarse a caminar: un desamparo, un desconcierto, que se van aliviando de a poco, sobre la marcha, o quizá, en lugar de aliviarse, se transformen en otra cosa: en estabilidad. El supermercado, la cocina, las cuentas: eso que antes dependía de otro —de tus padres, por ejemplo— o podías compartir con otro —tu room-mate— cae ahora bajo tu entera responsabilidad. Si te olvidaste de comprar café, es probable que al día siguiente, en el desayuno, te quedes con las ganas y termines pasándole factura a la única responsable de todo: vos misma. Desde aquellos tumbos primerizos, recién caigo en la cuenta, pasaron ya veinte años. Y si bien cambié de ciudad varias veces y en el ínterin compartí cocina y baño con canadienses, chinos y portugueses —eran los días en que a cambio de una beca yo estudiaba en Europa—, no volví a vivir mi vida de adulta con nadie. “Vos no te casás más, Sole” solía repetirme el portero del edificio de la calle Melo, donde pasé varios años, antes de la última mudanza. Me lo decía entre risas con el tono de quien siente cierto encanto por lo atinado de una decisión —la soltería, la independencia— que quizá él, padre de familia, jamás se hubiera animado a tomar. Lo que ese hombre no suponía es que tarde o temprano la naturaleza gregaria acabaría llamando y yo cediendo. Al mejor estilo George Clooney, cedemos aún cuando las estadísticas del siglo XXI den cuenta de una escalada rampante de los hogares unipersonales y de quienes, por elección, deciden una vida en soledad. Hace cosa de dos meses, mi novio me propuso irnos a vivir juntos. La propuesta, confieso, fue un alegrón esperado, íntimo. Aunque suponía pasar juntos una semana de domingo a domingo, a modo de prueba de tolerancia, antes del traslado definitivo, dije que sí. Sólo que cuando llegó el momento, pospuse la fecha con argumentos poco creíbles. Y volví a posponer el asunto tiempo después, días antes de la hora señalada. Ahora la reprogramación depende sólo de mí. Y en eso estoy, dándole vueltas al calendario y pensando en que, tal vez, debería anotarme en un curso rápido de cocina; en que va ser lindo cocinar para dos y poner la mesa a horario y como corresponde —vasos, cubiertos, servilletas—, aunque al principio añore sentarme en mi sofá con el plato (de espaguetis con oliva y queso) en una mano, mientras hago zapping hasta terminar de cenar.

(texto escrito en 2014)

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