miércoles, 11 de mayo de 2016

Desahogo

El desenlace ocurrió en septiembre, justo la tarde en que ella llegaba de un viaje a Bogotá. No hubo trompetas, ni acordes repetidos, ni cuerdas que se tensaran. Al contrario, como final fue abrupto y un poco ridículo. Él dijo que lo había pensado y que había llegado a la conclusión de que estaban en una meseta, que dudaba de que fueran a avanzar. Dudaba y lloraba a la vez y decía: “Vos no sabés lo que yo te quiero”. Y ella que, lógico, no sabía, pensaba que toda la escena era un grandísimo oxímoron. “Seguramente tengas razón”, dijo, y sin perder un minuto, le dio el paquete de café (de regalo) que le había traído, le devolvió las llaves de su casa y, antes de que se fuera, dijo: “No me llames nunca más, por favor”. Y eso fue el fin y fue el comienzo de largos meses de duelo. Y crítica y autocrítica. Y llanto. Un llanto diario, nuevo, incontenible. Debía cruzarse con él concluiría tiempo después, tratando de encontrarle un sentido a la relación para aprender a llorar como lloró. En aeropuertos, subtes y clases de meditación. En habitaciones de hotel, consultorios y sesiones de terapia. Lloró de anteojos negros, caminando por la calle Florida, y a cara descubierta, un día, mientras almorzaba en un restorán de Palermo. La moza la vio, le ofreció un pañuelo y le dijo, sin saber pero suponiendo, que no valía la pena. Ella, que tenía mundo y hombres y que estaba libre de catástrofes por el estilo, ahora traspasaba límites. Algo, en él, la había desconcertado: el pedido de volver a intentarlo, hacía un año nomás; la promesa de construir algo juntos; su negativa repentina —o acaso crónica— a querer proyectarse (ni proyectarse ni separarse); su negativa incluso a querer hablar abiertamente, a decir algo: “Tengo miedo”, “Me gusta otra”, “Quiero convertirme en cura”, “Soy gay. “No había dicho en cambio, una y otra vez, vos no sabés lo que yo te quiero”. Y así la relación fue quedando como en el aire, postergada, suspendida de una frase insuficiente, en una suerte de limbo, siempre para después. Y después fue septiembre y la tarde en que ella llegó, contenta, de un viaje a Bogotá. Por eso lloraba y porque, en suma, él le había ganado de mano. En un sentido gráfico, podría haber llenado una bañera de lágrimas. En otro sentido, más elevado, quizá, podría haber escrito un tango. Pero escribir en carne viva era imposible. Le dolía el cuerpo, sentía ahogos, tenía insomnio y náuseas, y estaba perdiendo peso. En medio del caos, eliminó rastros —fotos, mailsnúmeros de teléfono—, evitó lugares y habló con gente. “Un gran egoísta”, dijo, honesta, la madre el día en que ella pasó a despedirse de sus suegros. “Demasiado chiquilín”, resumió la señora que limpiaba en su casa y que en algún momento había limpiado también en la casa de él. “Él te mostraba aspectos benévolos de su personalidad arriesgó una amiga—: sus clases de catecismo en la villa, sus visitas a la abuela en el geriátrico, pero te ocultaba su parte más sombría”. “El narcisista le explicó la psicóloga no registra que hay otro esforzándose. Para el narcisista, los otros son apéndices de sí mismo”. Hubo veces en que deseó perder la memoria, tragarse una caja de somníferos o fumarse el porro de su vida. Pero se contuvo y, en su lugar, vendió cosas un sofá, un colchón, un bolso de viaje, tiró otras y compró una biblioteca. Un aire renovado como de casa a estrenar empezó de a poco a circular por su departamento. Un día, mientras acomodaba libros, se dio cuenta de que le faltaba un ejemplar de la revista Etiqueta Negra su revista preferida, obsequio del propio editor y supo enseguida que estaba en la casa de él. ¿Por qué no se la había devuelto con todo lo demás: con los zapatos para bailar tango, las chatas peltre, el gel de La Roche-Posay? Sintió rabia, pero dejó que se le pasara. Recordó un poema de Elizabeth Bishop y pronunció algunas líneas en voz alta. “Pierde algo cada día. Acepta la angustia/ de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano./ El arte de perder se domina fácilmente./ Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:/ lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar./ Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre”. En el fondo, estaba agotada. De su discurso monotemático, de sus pensamientos recurrentes, de su esfuerzo por entender. Entonces se dijo basta. Y también se dijo, en ese momento o quizá más adelante, que era hora de poner en palabras el asunto, de darle forma a través del verbo salvador, de escribir y escribir hasta vaciarse. Y deshacerse de lo escrito después —al espacio cósmico con todo—, a modo de conjuro. Y cierre. Definitivo.

1 comentario:

Ismael Vigário dijo...

Toda a literatura é uma expressão do eu. Este texto de Soledade Pereira é a expressão existencial de quem se explica, escrevendo-se, e o processo de escrita é a forma de se vencer nos limites, ou até, redescobrir-se e revelar-se na arte da escrita.