lunes, 14 de agosto de 2017

La Gran Proa

Por iniciativa propia, llego a pie a la estación de trenes y, desde ahí, en colectivo en el número 9, al cementerio. A pesar de que a Fellini no le gustaba volver a Rímini, finalmente volvió. Y, acá, está: en el panteón familiar, junto a su esposa y su hijo, a metros de la entrada, en una tumba con forma de nave que viaja a través del tiempo  y que, al decir de su autor, el escultor italiano Arnaldo Pomodoro, representa, a la vez, la grandeza y gloria de la obra del cineasta. Me acerco, le dejo flores. “Si son para Fellini me dijo, minutos antes, el florista—, que sean rojas". 
Es mi penúltimo día y, como si los astros lo supieran y se empeñaran en ponerle dramatismo a la despedida, el cielo empezó a encapotarse. 

                                                                                            © María Soledad Pereira

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