viernes, 3 de noviembre de 2017

El Irízar vuelve a navegar



Ushuaia es la ciudad del fin del mundo y es, además, la capital de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur; está situada a 3000 kilómetros de Buenos Aires, a 17.000 de Alaska. A Ushuaia viajé a principios de octubre y visité el buque insignia de la Fuerza Naval Antártica. 
El 12 de ese mismo mes, la ciudad cumplía 133 años y lo festejaba en grande: una ceremonia oficial, un desfile cívico militar, multitudinario y colorido, y la apertura al público del renovado rompehielos Almirante Irízar, el buque de la Armada Argentina que había llegado al país en 1978 y que un día de 2007, después de 34 campañas al Continente Blanco, se había incendiado en alta mar.
Al verlo ahora, costaba creer que semejante mole, una mole que se le había atrevido a los hielos más duros del planeta, hubiera ardido un 80% y que, aun así, se hubiera salvado.
La tarde del 12 de octubre, en una de sus salas, el comandante Maximiliano Mangiaterra se refirió a lo ambicioso del proyecto de reconstrucción y anunció, ante la prensa, que en pocos días el barco cruzaría el Pasaje de Drake, que llegaría a la Antártida y que así cumpliría con las pruebas de hielo, antes de volver a Buenos Aires para el alistamiento y el regreso al servicio activo en la próxima campaña de verano.
—Es un orgullo —dijo— que el Irízar vuelva a operar y que lo haga con tecnología de última generación.
Cuatrocientos metros cuadrados dedicados a la ciencia, que abarcan trece laboratorios para tareas de glaceología, química, biología marina; un puente de mando integrado y espacio suficiente para alojar a más de trescientos tripulantes: a eso se refería el comandante. Un buque convertido en una máquina multipropósito y en unos de los diez rompehielos más grandes del mundo. En síntesis, un “ave Fénix gigante”.
Cuando la conferencia de prensa terminó, subí una escalera y entré a la sala de mando. El sol caía sobre un frente como un enorme parabrisas y formaba sombras más allá de una hilera de pantallas. Al salir, vi a un marinero de camisa y saco liviano frotándose las manos. La temperatura no superaba los cinco grados centígrados, y sin embargo, ahí estaba el hombre, firme, como otros más de la dotación.
—Por acá —me dijo, guiándome para el descenso.
Le deseé buena suerte. Y me lo agradeció.
—Vamos a necesitarla —dijo.
Llegué al piso siguiente, caminé hasta uno de los extremos, saqué fotos y bajé los escalones que restaban. Después, ya en tierra firme, me subí el cierre de la campera hasta la nariz. Y me fui.

(texto publicado en la revista Pangea)

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