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| Fotografía: Zoltan Kovacs - Unsplash Ni la previsora más radical ni el viajero más experimentado están a salvo de la lógica imponderable de los viajes. Sin embargo, entre infaustos episodios y expectativas malogradas, podría filtrarse una anécdota memorable. (texto publicado en la revista Letralia) |
miércoles, 6 de febrero de 2019
Verona
miércoles, 31 de octubre de 2018
25 anni dalla morte di Fellini
“SULLA SUA TOMBA SOLTANTO FIORI ROSSI”: DALL’ARGENTINA A RIMINI, CERCANDO FEDERICO FELLINI, A 25 ANNI DALLA MORTE
Hace 25 años moría Federico Fellini, y el mundo perdía a uno de sus grandes creadores. Mi homenaje en la revista Pangea.
Hace 25 años moría Federico Fellini, y el mundo perdía a uno de sus grandes creadores. Mi homenaje en la revista Pangea.
miércoles, 13 de junio de 2018
María
Desde
hace más de una década visito a mi tía con cierta regularidad. La vine a ver
por primera vez en el año 2000, a la casa de São João do Estoril —una
localidad costera situada a 30 kilómetros de Lisboa—, donde estoy ahora. Pasé
con ella, en esta misma casa, en un barrio llamado Galiza, los últimos meses del
2001. Juntas vimos el derrumbe de las Torres Gemelas y el comienzo de la guerra
de Irak en 2003. Ese año, yo había decidido estudiar lengua y cultura
portuguesas, y me había mudado a Lisboa. No vivía con mi tía, pero la
frecuentaba. Después, volví a Buenos Aires, y siete años más tarde, en mayo de
2011, en el lugar de siempre, nos volvimos a ver. Esa vez charlamos mucho; probablemente más que las veces anteriores. Y fue durante ese breve período, entre una
charla y otra, cuando me pregunté, una y otra vez, cómo, con qué recursos,
cuando se carece de casi todo, llega una mujer a formar su carácter y
defenderse y vivir, de adulta, todas las vidas que le han tocado. Porque María, intuí en ese entonces, es muchas
—demasiadas— mujeres a la vez. Mirarla a ella era como mirar un destino
colectivo sobre el que me hacía preguntas.
Tal vez por eso, tiempo después, vuelvo a verla. Ella me
recibe como si me hubiese estado esperando. Yo, como diciendo: “¿Viste que no
pasó tanto tiempo al final?”.
Sin embargo, algunas cosas han cambiado desde la última
vez. Desde hace tres semanas, María está postrada, recuperándose,
después de una caída, de una cirugía de fémur.
Que los huesos se achaquen y se rompan es usual a
determinada edad y, en ocasiones, en muchas, las consecuencias de dichos
achaques son previsibles, además de tristes. Sin embargo hay algo que me
tranquiliza: mi tía no suele ser la regla. Así como se la ve, sola y
medio descangayada, derriba estadísticas, altera pronósticos, acorta tiempos de
recuperación y me pregunta, desde la cama, después de saludarme y sonreír y ser,
contra toda previsión, la de siempre en la voz y en el espíritu en alto, si ya
almorcé, si no me gustaría comer algo, que en la heladera hay de todo.
—Fijate: hay queso, hay leche, hay carne. Hacete un sándwich, vos al final nunca comés nada.
Yo no comeré nada, pienso, pero vos, tía, no cambiás más.
(fragmento del texto "Todas las vidas de María")
domingo, 11 de febrero de 2018
Borges en Il Giornale
Nota sobre Buenos Aires en en el diario Il Giornale de Italia. El texto es de Davide Brullo, la foto es mía.
miércoles, 3 de enero de 2018
Federico Fellini y el origen de los sueños
Tras cinco años de reformas, reabre en la ciudad de Rímini la mítica sala Fulgor, donde el cineasta italiano vio sus primeras películas y cuyos alrededores inspiraron escenas memorables.
(texto publicado en La Nación Revista)
sábado, 16 de septiembre de 2017
lunes, 14 de agosto de 2017
La Gran Proa
A Fellini no le gustaba volver a Rímini, pero finalmente volvió. Y acá está, en el panteón familiar, en una tumba con forma de nave que viaja a través del
tiempo y que, al decir de su autor, el escultor italiano Arnaldo
Pomodoro, representa, a la vez, la grandeza y la gloria de la obra del cineasta. Me acerco, le dejo flores. “Si son para Fellini —me dijo minutos antes el florista—, que sean rojas".
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| © María Soledad Pereira |
miércoles, 28 de junio de 2017
Tras la sombra de Fellini
Dall’Argentina a Rimini per studiare Fellini. Una brutta avventura
Mi viaje a Rímini por Davide Brullo, en el diario Rimini2.0.
martes, 6 de junio de 2017
miércoles, 18 de enero de 2017
martes, 6 de diciembre de 2016
viernes, 4 de noviembre de 2016
miércoles, 19 de octubre de 2016
Poesia-me
jueves, 22 de septiembre de 2016
Escribir un retrato
Es
feriado y es el día en quedé en encontrarme con el hombre que más sabe de
tanatopraxia y tanatoestética en Argentina; el que introdujo las dos técnicas
cuando en el país nadie las practicaba; el mismo que preparó los cuerpos de
Poli Armentano, María Elena Walsh, Caloi y Amalia de Fortabat. Entre otras
cosas, voy preguntarle qué gracia tiene maquillar a alguien que ya no puede
mirarse en el espejo. Y también voy pedirle permiso para ver en vivo cómo lo
hace. Y con eso —y varias cosas más—, voy a escribir un retrato.
Daniel
Carunchio vive y trabaja en Boulogne —una ciudad del Gran Buenos Aires, situada a unos 30
kilómetros de la Capital Federal— y hoy está dando un curso en la funeraria que
abrió recientemente. Para llegar desde barrio Norte, hay que tomar el 60 Ramal
Panamericana, bajar en Camino Real Morón, cruzar el puente que, a esa altura,
se alza sobre la ruta, bordear el cementerio de Boulogne y caminar por la calle
Nuestras Malvinas, unas cinco cuadras.
Son
las nueve de la mañana. “Daniel, buen día —escribo por Whatsapp, al llegar a la parada de Sánchez
de Bustamante y Las Heras—, no bien tome el colectivo, te aviso. Lo estoy
esperando”. Pero el colectivo tarda: veinte minutos, treinta. “No viene más”,
pienso. Y también pienso que debí haberlo previsto. Es jueves 24 de marzo,
jornada de homenajes por los cuarenta años del golpe militar, previo al domingo
de Pascua, y Barack Obama está en Buenos Aires. La ciudad es una maraña. La
frecuencia de colectivos parece haber disminuido, pero hay más autos y calles
cortadas y gente con ganas de partir. Lejos. Y hay, además, algo raro en el
aire: mezcla de verano que no termina de irse y otoño que quiere llegar.
Momento bisagra del año y uno de esos días para los que uno no encuentra
explicación ni lugar en el calendario, mucho menos si ha quedado en entrevistar
a un maquillador de muertos y si, de repente, bajo el techito donde espera el
colectivo no queda nadie. Los que estaban acá, conmigo, acabo de darme cuenta,
tomaron otra línea y me dejaron. Estoy sola como cuando escribo. En lugar de
repasar mentalmente las preguntas de la entrevista, me inquieto y me digo cosas
como quién me manda a ir hoy a Boulogne. Y me respondo que nadie, excepto yo y
mi grandísima voluntad. Y me digo que por qué lo hago y arriesgo que lo hago
porque me gusta, a lo mejor porque me gusta más de la cuenta, y que eso
básicamente lo justifica todo. Y que, en suma, escribir no es solo arrellanarse
frente a un teclado, a espaldas del mundo: es eso y es esta espera infinita y
varias cosas más que no viene a cuento enumerar, pero sí recordar de vez en
cuando, como ahora.
Empecé
a escribir en la adolescencia, del modo en que uno empieza todo, haciéndolo: un
diario personal, un discurso de fin de año, un viaje a la montaña. Después debo
haber creído que podía o quizá no, quizá no imaginé nada. En cualquier caso,
escribir es hoy un ejercicio del que no puedo sustraerme, por más que trate y
por más incertidumbre —esa es la palabra— que me genere. Hace días hablaba de esto con una
amiga. Le decía que, de un tiempo a esta parte, me enroscaba en preguntas de
corte metafísico, que me estaba interpelando acerca de la escritura, pero sobre
todo acerca de lo que estaba produciendo que, aunque no era mucho, algo era.
“En el fondo —dije— me estoy cuestionando si lo que hago tiene sentido
y si debo seguir o largar todo para siempre”. “Yo creo que vos no podés dejar —dijo ella—: la escritura es
la manera que tenés de entender el mundo y de estar en él, y si dejaras de
hacerlo, te apartarías de una ¿herramienta? que te sirve en la vida”.
Repasé
la respuesta varias veces y me quedé pensando.
No
cursé Letras en Puan, tampoco estudié periodismo, pero hice talleres con buenos
maestros: con Marcelo di Marco, Liliana Heker, Josefina Licitra. Además, leí,
vi películas, escuché música. “Había que aprender —como dijo Capote—, y de tantas
fuentes”. Y ese aprendizaje, sumado a uno o dos detalles congénitos, debió
alcanzar para escribir un texto respetable. Hace seis años, mis reportajes
empezaron a salir y, a cambio de eso, yo empecé a cobrar. Y ese dinero
inesperado y la idea de que mis textos tendrían lectores me hizo bien. En
parte, digamos, me entusiasmó. “Deberías estar contenta”, me dijo más de un
amigo. Y tal vez sí, y sin embargo. El 60 Ramal Panamericana no viene y yo me
pregunto por qué insisto, acá, de pie —ya pasaron cincuenta minutos—, si no hay editor
que me apure, ni medio que me exija, ni bolsillo —el mío— que lo necesite. Pero, ¿acaso, es eso lo que busco:
un editor apurado, un medio que me pida, una billetera vacía que me obligue a
escribir, lo que sea, para llenarla? Quién sabe. Por lo pronto, hay otra cosa:
algo que va más allá de cualquier argumento razonable. No obstante, cambio violentamente
de planes. “Daniel —escribo por Whatsapp—, el colectivo no viene. Un día de estos te llamo
para coordinar otro encuentro. Te pido me disculpes. Saludos”.
Tengo
que estar lúcida y de buen humor para lograr que mi entrevistado se sienta a
gusto y hable con soltura de su intimidad (a la que no tengo ningún derecho).
Lúcida y de buen humor para escribir después el texto que yo misma decidí
escribir y que, tal vez, algún editor acepte leer. Y, en el mejor de los casos,
publicar.
(texto publicado en la revista FronteraD)
martes, 26 de abril de 2016
El único responsable es el arquero
Textos del libro O BERRO IMPRESSO DAS MANCHETES, del escritor brasileño Nelson Rodrigues, que tuve la suerte traducir para el número 120 de la revista Etiqueta Negra
sábado, 16 de abril de 2016
El barbero (fragmento)
Miguel
Barnes no llegaba al mostrador cuando su madre, María Antonia Vargas, abrió
en Guayaquil 877, en el barrio de Caballito, la verdulería, de la que él y su
hermano mellizo, Luis Barnes, se harían cargo tiempo después. Con los años, la
empresa familiar se agotó, y el futuro barbero decidió abrir algo por su cuenta.
Lo primero que hizo fue buscar un local. En la esquina de la calle Valle y el
Pasaje Bertres, vio una carnicería y entró. “Me gustaría vender frutas acá,”
dijo. El dueño lo miró. “Pero yo te conozco, ¿vos no sos uno de los mellizos?” Y como era, sí, el carnicero
enseguida aceptó el trato. Al día siguiente, Barnes pagaba el primer flete hacia el mercado de frutos de Dorrego. Con poco efectivo, pero con fama de pagador,
los puesteros, que lo conocían de toda la vida, le fiaron. Su pericia en el
rubro, su manía disciplinada y su popularidad hicieron que las ventas no
tardaran en aumentar. “Vení”, le dijo a los dos meses el dueño del local. Lo
llevó detrás del mostrador, abrió la caja y empezó a contar. Quería mostrarle
que la venta de frutas y verduras contribuía al negocio de la carne. “¿Sabés
cuánto hacía que yo no trabajaba las reses que trabajo hoy ni hacía una caja como
esta?”. Con el tiempo, Barnes abrió nuevos locales. En uno puso al frente a un amigo; en el otro, a una amiga. Hasta que un día dijo basta —además de mujer y una hija, ahora tenía treinta y cuatro años y un
departamento propio, pero modesto—, no
renovó contratos y decidió aprender el oficio que de chico le había gustado y
que de adulto le cambiaría la vida.
Ni peluquero ni estilista ni asesor de una agencia de peinadores: Barnes aspiraba a ostentar el vetusto título de barbero. La moda setentosa de los hombres con pelo largo, alentada por los Beatles y la British invasion, había obligado a los salones masculinos a diversificarse. En los ochenta, las peluquerías unisex se habían multiplicado y, en la última década del siglo XX, eran las más comunes. Entrados los años noventa, nadie en su sano juicio soñaba con manipular una navaja, nadie, excepto Barnes.
El pasaje de verdulero consuetudinario a barbero a tiempo completo fue gradual, pero sostenido. Mientras acumulaba antigüedades y se hacía una imagen mental de cómo sería el salón, su vestuario y con él su apariencia física empezaron a mutar: empezó a usar tiradores, sombreros, zapatos de charol. Y, así vestido, salió a la calle: recorría anticuarios y encaraba cada compra con el histrionismo y la seguridad del actor que sabe que está haciendo bien su papel. Un 7 de agosto —día de San Cayetano—, tras siete años de gestación, el flamante barbero abrió un local.
“No en San Telmo ni en la avenida del Libertador ni en Puerto Madero”, aclara Barnes.La barbería La
Época nació en Caballito, un barrio con doble arista comercial y residencial,
de clase media, situado en el centro geográfico de la ciudad, lejos de los
circuitos turísticos tradicionales, pero cerca de la avenida Rivadavia ,
la estación
Primera Junta de la Línea A del subte y del antiguo mercado del
Progreso. “Había que encontrarla”, dice hoy. Y para eso era necesario trabajar.
Sin un peso, pero con ingenio y actitud ganadora, el barbero encaró el negocio.
Tenía treinta y nueve años y no podía darse el lujo de fracasar. Sabía que en el
camino estaba solo (la barbería nunca
había sido una empresa con la que su mujer estuviera de acuerdo y su matrimonio
pronto se disolvería). Lo primero que hizo fue promocionar el salón por el
barrio. Visitó el colegio más importante de la zona —el Marianista— y coordinó excursiones de alumnos al local.
Organizó espectáculos de jazz con músicos amigos e invitó a vecinos para que le
hicieran el aguante. Regateó publicidad en periódicos barriales. Y un día de
2002, llegó a la revista Viva de Clarín sin conocer a nadie.
Era lunes y Barnes iba por primera vez a la redacción del diario, en la calle Tacuarí. Llevaba capa, maletín porta sombreros y zapatos combinados. Sabía el nombre de la secretaria del editor jefe que un exempleado de Clarín y cliente suyo le había facilitado, pero él no la conocía ni ella sabía de él. Cuando se anunció, la recepcionista le preguntó si la secretaria lo esperaba. El barbero dijo “no” y le pidió por favor que le transmitiera que él era Miguel Barnes dela barbería La Época. Mientras
la mujer, perpleja, llamaba al interno, el barbero se puso en evidencia. Apoyó
la sombrerera en el piso, se abrió la capa y esperó a que la chica hablara y le
dijera a la destinataria que un loco la estaba buscando. La estrategia causó
efecto. Enseguida lo invitaron a subir. Lo demás fue cuestión de actitud y puro
talento para convencer a los presentes. La nota se tituló “Un museo viviente
del pelo” y aún hoy el ejemplar cuelga de una de las paredes del salón. El barbero ya no
se esfuerza por promocionarse, ahora son los medios —La Nación, TN, BBC,
National Geographic—, los que lo buscan y se interesan en él.
Ni peluquero ni estilista ni asesor de una agencia de peinadores: Barnes aspiraba a ostentar el vetusto título de barbero. La moda setentosa de los hombres con pelo largo, alentada por los Beatles y la British invasion, había obligado a los salones masculinos a diversificarse. En los ochenta, las peluquerías unisex se habían multiplicado y, en la última década del siglo XX, eran las más comunes. Entrados los años noventa, nadie en su sano juicio soñaba con manipular una navaja, nadie, excepto Barnes.
El pasaje de verdulero consuetudinario a barbero a tiempo completo fue gradual, pero sostenido. Mientras acumulaba antigüedades y se hacía una imagen mental de cómo sería el salón, su vestuario y con él su apariencia física empezaron a mutar: empezó a usar tiradores, sombreros, zapatos de charol. Y, así vestido, salió a la calle: recorría anticuarios y encaraba cada compra con el histrionismo y la seguridad del actor que sabe que está haciendo bien su papel. Un 7 de agosto —día de San Cayetano—, tras siete años de gestación, el flamante barbero abrió un local.
“No en San Telmo ni en la avenida del Libertador ni en Puerto Madero”, aclara Barnes.
Era lunes y Barnes iba por primera vez a la redacción del diario, en la calle Tacuarí. Llevaba capa, maletín porta sombreros y zapatos combinados. Sabía el nombre de la secretaria del editor jefe que un exempleado de Clarín y cliente suyo le había facilitado, pero él no la conocía ni ella sabía de él. Cuando se anunció, la recepcionista le preguntó si la secretaria lo esperaba. El barbero dijo “no” y le pidió por favor que le transmitiera que él era Miguel Barnes de
(texto publicado en la edición para iPad de la revista Letras Libres del mes de marzo)
sábado, 9 de abril de 2016
El barbero
Fue
verdulero desde la adolescencia hasta que decidió convertirse en barbero (un
oficio que estaba en decadencia) y montar un salón de estilo
tradicional. Hoy, Miguel Barnes tiene cincuenta y seis años y, desde hace
diecisiete, la barbería más peculiar de Buenos Aires, a decir de la BBC Mundo.
La Legislatura porteña la declaró sitio de interés cultural en el año 2000, y
Diego Maradona la elige cada vez que visita Argentina.
(texto publicado en la edición para iPad de la revista Letras Libres de marzo)
jueves, 3 de marzo de 2016
El Rey del Arco
Ataúlfo
Sánchez bajó del avión, tomó su maleta y fue directo a la zona de migración del
aeropuerto de la ciudad de México. Era un día lluvioso de 2001, pero el mal
tiempo no opacaba la alegría de aquel hombre. Sánchez pisaba suelo azteca
después de 33 años. Lo acompañaban su mujer, Vilma
Alba Zilio, y parte de su prole: su hija mayor, el marido de ella y sus hijos.
El exportero del club América quería mostrarles a sus nietos, Brenda y Germán,
el estadio que había visto inaugurar; quería visitar a viejos amigos y revivir
una vuelta a las playas de Acapulco, donde solía pasar los fines de semana y
había sido feliz. Ese era el plan, pero algo lo alteró. El oficial de migración
le pidió a Sánchez el pasaporte. Miró el documento y después a su dueño. Volvió
a hacerlo una vez y otra, y sorprendido por lo que parecía ser una posibilidad
improbable arriesgó: “¿Ataúlfo?”
–Sí –se adelantó, resuelta, la esposa–, el mismo que usted supone.
Y
así, recuerda hoy Sánchez, empezó todo.
El oficial lo retuvo: le ofreció el salón vip. Les dijo a sus compañeros y a otros
colegas de seguridad: “Miren quién está acá.” Era un fan ante su ídolo.
Cuando
por fin pudo zafarse, Sánchez buscó la salida y se reencontró con su amigo
Héctor Ferrari, quien, aviso mediante, lo aguardaba. Después, la familia entera
partió hacia el hotel Krystal, pero este no resultó ser lo que los Sánchez
esperaban y al día siguiente se trasladaron al hotel Royal, donde se concentraba
la plantilla de jugadores del América, el club en el que tres décadas antes
Sánchez había brillado.
En
aquel entonces, su itinerario había sido el siguiente: después de su paso por
el Defensores Unidos de Zárate –un club
menor de una ciudad del norte del conurbano bonaerense, en Argentina–, donde se había iniciado siendo apenas un
adolescente, y luego de una temporada en el club Racing de Avellaneda, que lo
había dejado libre, Sánchez recibió de las Águilas una oferta que lo entusiasmó.
Corría 1962, y en una sala del hotel Claridge de Buenos Aires, Guillermo Cañedo,
presidente de los americanistas, le extendía al futuro Rey del Arco un contrato.
No era por mucha plata, pero superaba a lo que recibía en Argentina, donde pasaba
meses sin ver un centavo. El trámite con Cañedo no duró más de veinte minutos.
El resto fue también vertiginoso: Sánchez reunió a su mujer y a sus hijos, metió
dos o tres cosas en una maleta y partió con la sensación de quien tiene todo
por delante.
Y
por delante lo tuvo todo: reconocimiento, amigos y una hija mexicana. Sánchez
fue el arquero titular del América el día de la inauguración del Estadio Azteca.
El 29 de mayo de 1966, cuando Díaz Ordaz dio el puntapié inicial, fue él quien
le recibió el balón. En ese campeonato, temporada 65-66, el triunfo del América
sobre el Veracruz significó para su equipo el primer título de la era profesional.
En el video que registró el triunfo y que puede verse por YouTube, Sánchez
intercepta lances de medio campo y festeja la final a hombros. Fueron esas atajadas
prodigiosas las que le ganaron el mote del Rey del Arco.
De
modo que aquel día, en ese hotel del sur de la ciudad de México, Ataúlfo
Sánchez volvió a estar cerca de su equipo. En el lobby, el argentino Alfio
Basile, director técnico de las Águilas, se cruzó de improviso con el recién
llegado. “¿Pero qué hacés vos acá, galán de San Diego, Chulito querido?”, le
dijo. Y también le dijo que el domingo, dos días después, empezaba el
campeonato mexicano.
El
club América se debatiría ante el Pachuca. El partido inaugural tendría lugar
en el Azteca. La radio, la televisión y varios medios gráficos estaban
invitados. Sánchez y familia, también.
Al
llegar al estadio, la encargada de relaciones públicas del club los interceptó:
les presentó al presidente del América, Javier Pérez Teuffer, organizó el encuentro con la
prensa y los hizo pisar la cancha como invitados de lujo. Hubo fotos y largos
reportajes como el del diario deportivo Esto.
El público empezó a murmurar: algo sucedía en el campo de juego. Entonces por
los altavoces oyeron el anuncio: “Se encuentra entre nosotros Ataúlfo Sánchez,
quien fuera campeón del América en el año 65-66.” Se sucedieron aplausos,
hubo ovación. La familia dio la vuelta olímpica. Al verse en pantalla gigante y
sentir el revuelo circundante, Sánchez pensó que el corazón iba a estallarle.
“Tranquilo, tranquilo”, le decía por lo bajo su mujer. Después, cuando Basile
ingresó a la cancha y le calzó la camiseta de los azulcremas que, en la
espalda, llevaba estampado su nombre, la cosa cobró visos apoteósicos. Con el
balón en su poder, el exportero dio el puntapié inicial y partió rumbo al palco
oficial junto a los suyos y otros directivos. Otra vez, Ataúlfo Sánchez llegaba
a México en el momento justo.
(Fragmento del texto publicado en el número de febrero de la revista Letras Libres)
domingo, 27 de diciembre de 2015
martes, 1 de diciembre de 2015
jueves, 5 de noviembre de 2015
El maestro que nadie conoce
Una crónica sobre el maestro pizzero que nadie conoce, pero que a todos alimenta. Desde el 30 de octubre, el texto completo en la edición online de la revista Letras Libres.
sábado, 16 de mayo de 2015
Personajes del fútbol brasileño
Textos del libro O BERRO IMPRESSO DAS MANCHETES del escritor brasileño Nelson Rodrigues, que traduje del portugués al español para el número 120 de la revista Etiqueta Negra.
martes, 5 de mayo de 2015
La orquesta impensada
Cateura, una localidad formada al abrigo del mayor
vertedero de Asunción, ha ido adquiriendo renombre en los últimos años gracias
a la Orquesta de Instrumentos Reciclados. Esta es la historia de cómo una iniciativa
para integrar a niños y jóvenes de zonas marginales de Paraguay terminó por
llamar la atención internacional. Y del día en que recibieron una invitación de
Metallica para oficiar de teloneros de la banda.
(Reportaje publicado en el número de abril de la revista Letras Libres)
jueves, 16 de abril de 2015
El teatro derriba muros
Ni Maximiliano ni el resto de sus compañeros se sienten ya intimidados. Dejó de ser así el día en que la conocieron a Busquiazo, se entusiasmaron con el guión y se animaron a actuar. De modo que ahora, dos de la tarde, Maximiliano —vestido rosa, zapatos de tacón, pelo negro y largo— sale a escena.
—Esta obra de teatro está por comenzar —dice, estirando la frase. Y pasea, lenta, la vista por la platea.
Hay risas, aplausos, movimiento de actores. Y el grupo entero, en semicírculo ya, grita a coro “Negros tenían que ser”.
Son ellos.
Integrantes de una compañía de teatro.
Reclusos todos del CRD.
Los mismos que alguna vez robaron o mataron y explican los motivos del delito con un argumento que los libera y, a la vez, los iguala: consumir, seguir consumiendo.
Psicofármacos, pasta base, marihuana.
Ellos.
Quince hombres de vidas cortas y prontuarios largos.
Sobre lo que el destino les depara, nadie sabe.
(Fragmento del texto publicado en la revista FronteraD, "El teatro derriba muros en el penal argentino de Ezeiza")
jueves, 12 de febrero de 2015
Ricardo Péculo. Faccia da funerale
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| Foto: Mariana Araujo
Bajo el título “Ricardo Péculo. Faccia da funerale. La revista italiana Internazionale publicó, en su número 1078 (21/ 27 de noviembre
de 2014), mi reportaje “El hombre del ataúd”.
Acá, un fragmento del texto publicado meses atrás, en la revista Letras Libres.
"Es una tarde de abril y estoy sentada frente a
Ricardo Péculo —barba candado, pulóver clásico color arena, pañuelo al
cuello— en el bar de un hotel céntrico de Buenos Aires. Mientras se
presenta —tanatólogo, especialista en ritos funerarios, docente— me
detengo en su voz y pienso que en la voz cavernosa y circunspecta de
Péculo hay algo de café, tabaco, noche.
Nos reunimos esta tarde para hablar de la muerte.
|
lunes, 22 de diciembre de 2014
ISO photo contest
![]() |
Foto elegida para ilustrar el calendario 2015 y la tarjeta de fin de año de la International
|
viernes, 14 de noviembre de 2014
El hombre que amasa
![]() |
| Reportaje publicado en la aplicación para tablets de la revista Letras Libres de noviembre (para acceder al texto desde itunes http://letraslib.re/lslsapp, desde android: http://letraslib.re/lslsplay) |
martes, 30 de septiembre de 2014
El hombre del ataúd
Ricardo
Péculo es el especialista que más sabe de honras fúnebres en Argentina, y
probablemente también en América Latina. Lo llamaron para las exequias de
Néstor Kirchner y de Hugo Chávez, y lo llaman para asistir a una infinidad de
familias anónimas que quieren despedirse como si se tratara de una fiesta. La
obsesión por el trabajo, el humor, las mujeres, la propia muerte y el estreno en
cine de su primer documental: este es el perfil del funeral planner —como él se
llama así mismo— más célebre del continente.
(Texto publicado en la revista Letras Libres)
miércoles, 24 de septiembre de 2014
martes, 13 de mayo de 2014
Fragmento de El hombre que amasa
En una
escena reciente, un hombre con pinta de abogado come de pie dos porciones de pizza cuando,
detrás del mostrador, lo ve a López, uno
de los tres dueños de la pizzería El Cuartito, y
dice:
—Señor, ¿le digo algo?
—Sí, cómo no —dice López—, lo escucho.
—Ustedes no venden solamente pizza, también venden
recuerdos.
Quien alguna vez se haya adentrado en este templo de la
pizza porteña admitirá de inmediato lo acertado de la metáfora y es probable
que coincida con las cosas que se dicen. La
Revista Brando, por ejemplo, dice que en El Cuartito se
sostienen, a través de fotos y afiches prolijamente enmarcados, más de siete
décadas de historia del deporte y la cultura pop en Argentina. El libro Pizzerías de valor patrimonial de Buenos Aires destaca, por su parte, la
calidad de los productos —pizzas, empanadas, fainá y fugazzetas— y
la calidez de sus salones que convocan a una nutrida clientela. En esa
línea, uno de los últimos comentarios publicados en Tripadvisor —la mayor web
de viajes del mundo que en 2013 otorgó a la pizzería el certificado de
excelencia— dice:
“Una de las mejores salidas. Pese a que el lugar se encuentra siempre lleno, el
recambio de gente es muy rápido, y la atención de los mozos, muy buena. Las
pizzas son riquísimas. Además, la ambientación del lugar es una máquina del
tiempo que refleja la vida porteña”.
Aunque al decir de González (el maestro pizzero), el
trabajo de la casa no es muy estructural, hay desde luego saberes exclusivos.
Sobre los secretos y la hechura de la masa, el único responsable es el maestro.
Cuando el maestro se ausenta, la tarea queda en manos de Iván Maldonado. De las
finanzas se ocupa Antonio Vázquez, otro de los dueños. Del contacto con los
proveedores, Manolo, el dueño “productor”, el único de los tres que alguna vez
amasó, aunque ya no lo haga. De López dependen las relaciones públicas,
la imagen, la decoración, que con el tiempo vino a convertirse en un atractivo de la
casa. Las láminas
y fotografías que revisten las paredes infunden un carácter distintivo, casi
épico. Sandro, Gardel, Monzón, Los Beatles y otros muertos no tan muertos se
sostienen en alto y para disfrute de los clientes junto a vivos que, como Les
Luthiers, Messi o Los Chalchaleros, quizá nunca mueran.
(Fragmento de El hombre que amasa, texto publicado en la edición de abril de la Revista Bacanal)
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