martes, 2 de julio de 2019

Un cuarto propio


                                                                                     Lisboa © María Soledad Pereira

jueves, 23 de mayo de 2019

De cómo desembarcó Fernando Pessoa en la Argentina


(texto publicado en la revista Hablar de Poesía)

No: no quiero nada.
Ya dije que no quiero nada.

¡No me vengan con conclusiones!
La única conclusión es morir.

(1923) ÁLVARO DE CAMPOS

miércoles, 6 de febrero de 2019

Verona

                                                                                   Fotografía: Zoltan Kovacs - Unsplash

Ni la previsora más radical ni el viajero más experimentado están a salvo de la lógica imponderable de los viajes. Sin embargo, entre infaustos episodios y expectativas malogradas, podría filtrarse una anécdota memorable.
(texto publicado en la revista Letralia)

miércoles, 31 de octubre de 2018

25 anni dalla morte di Fellini


“SULLA SUA TOMBA SOLTANTO FIORI ROSSI”: DALL’ARGENTINA A RIMINI, CERCANDO FEDERICO FELLINI, A 25 ANNI DALLA MORTE


Hace 25 años moría Federico Fellini, y el mundo perdía a uno de sus grandes creadores. Mi homenaje en la revista Pangea.

miércoles, 13 de junio de 2018

María



Desde hace más de una década visito a mi tía con cierta regularidad. La vine a ver por primera vez en el año 2000, a la  casa de São João do Estoril —una localidad costera situada a 30 kilómetros de Lisboa—, donde estoy ahora. Pasé con ella, en esta misma casa, en un barrio llamado Galiza, los últimos meses del 2001. Juntas vimos el derrumbe de las Torres Gemelas y el comienzo de la guerra de Irak en 2003. Ese año, yo había decidido estudiar lengua y cultura portuguesas, y me había mudado a Lisboa. No vivía con mi tía, pero la frecuentaba. Después, volví a Buenos Aires, y siete años más tarde, en mayo de 2011, en el lugar de siempre, nos volvimos a ver. Esa vez charlamos mucho; probablemente más que las veces anteriores. Y fue durante ese breve período, entre una charla y otra, cuando me pregunté, una y otra vez, cómo, con qué recursos, cuando se carece de casi todo, llega una mujer a formar su carácter y defenderse y vivir, de adulta, todas las vidas que le han tocado. Porque María, intuí en ese entonces, es muchas —demasiadas— mujeres a la vez. Mirarla a ella era como mirar un destino colectivo sobre el que me hacía preguntas.
Tal vez por eso, tiempo después, vuelvo a verla. Ella me recibe como si me hubiese estado esperando. Yo, como diciendo: “¿Viste que no pasó tanto tiempo al final?”.
Sin embargo, algunas cosas han cambiado desde la última vez. Desde hace tres semanas, María está postrada, recuperándose, después de una caída, de una cirugía de fémur.
Que los huesos se achaquen y se rompan es usual a determinada edad y, en ocasiones, en muchas, las consecuencias de dichos achaques son previsibles, además de tristes. Sin embargo hay algo que me tranquiliza: mi tía no suele ser la regla. Así como se la ve, sola y medio descangayada, derriba estadísticas, altera pronósticos, acorta tiempos de recuperación y me pregunta, desde la cama, después de saludarme y sonreír y ser, contra toda previsión, la de siempre en la voz y en el espíritu en alto, si ya almorcé, si no me gustaría comer algo, que en la heladera hay de todo. 
Fijate: hay queso, hay leche, hay carne. Hacete un sándwich, vos al final nunca comés nada.
Yo no comeré nada, pienso, pero vos, tía, no cambiás más.

(fragmento del texto "Todas las vidas de María")

domingo, 11 de febrero de 2018

Borges en Il Giornale



Nota sobre Buenos Aires en en el diario Il Giornale de Italia. El texto es de Davide Brullo, la foto es mía. 

miércoles, 3 de enero de 2018

Federico Fellini y el origen de los sueños


Tras cinco años de reformas, reabre en la ciudad de Rímini la mítica sala Fulgor, donde el cineasta italiano vio sus primeras películas y cuyos alrededores inspiraron escenas memorables.
(texto publicado en La Nación Revista)

sábado, 16 de septiembre de 2017

La libertad es un tren


                                                                                                                                                    © María Soledad Pereira

lunes, 14 de agosto de 2017

La Gran Proa

A Fellini no le gustaba volver a Rímini, pero finalmente volvió. Y acá está, en el panteón familiar, en una tumba con forma de nave que viaja a través del tiempo y que, al decir de su autor, el escultor italiano Arnaldo Pomodoro, representa, a la vez, la grandeza y la gloria de la obra del cineasta. Me acerco, le dejo flores. “Si son para Fellini me dijo minutos antes el florista—, que sean rojas". 

                                                                                            © María Soledad Pereira

miércoles, 28 de junio de 2017

Tras la sombra de Fellini


Dall’Argentina a Rimini per studiare Fellini. Una brutta avventura


Mi viaje a Rímini por Davide Brullo, en el diario Rimini2.0.

martes, 6 de junio de 2017

Ti Amo

                                     Estación Cavour, metro de Roma  © María Soledad Pereira

miércoles, 18 de enero de 2017

Barbería La Época

                                              Barbería La Época, en Buenos Aires -- © María Soledad Pereira

viernes, 4 de noviembre de 2016

miércoles, 19 de octubre de 2016

Poesia-me



                                                                         Braga, Portugal © María Soledad Pereira

Poesia-me ou simplesmente ama-me. O amor tem muitas formas e a poesia é uma delas.

jueves, 22 de septiembre de 2016

Escribir un retrato

Es feriado y es el día en quedé en encontrarme con el hombre que más sabe de tanatopraxia y tanatoestética en Argentina; el que introdujo las dos técnicas cuando en el país nadie las practicaba; el mismo que preparó los cuerpos de Poli Armentano, María Elena Walsh, Caloi y Amalia de Fortabat. Entre otras cosas, voy preguntarle qué gracia tiene maquillar a alguien que ya no puede mirarse en el espejo. Y también voy pedirle permiso para ver en vivo cómo lo hace. Y con eso y varias cosas más, voy a escribir un retrato.
Daniel Carunchio vive y trabaja en Boulogne una ciudad del Gran Buenos Aires, situada a unos 30 kilómetros de la Capital Federal y hoy está dando un curso en la funeraria que abrió recientemente. Para llegar desde barrio Norte, hay que tomar el 60 Ramal Panamericana, bajar en Camino Real Morón, cruzar el puente que, a esa altura, se alza sobre la ruta, bordear el cementerio de Boulogne y caminar por la calle Nuestras Malvinas, unas cinco cuadras.
Son las nueve de la mañana. “Daniel, buen día escribo por Whatsapp, al llegar a la parada de Sánchez de Bustamante y Las Heras, no bien tome el colectivo, te aviso. Lo estoy esperando”. Pero el colectivo tarda: veinte minutos, treinta. “No viene más”, pienso. Y también pienso que debí haberlo previsto. Es jueves 24 de marzo, jornada de homenajes por los cuarenta años del golpe militar, previo al domingo de Pascua, y Barack Obama está en Buenos Aires. La ciudad es una maraña. La frecuencia de colectivos parece haber disminuido, pero hay más autos y calles cortadas y gente con ganas de partir. Lejos. Y hay, además, algo raro en el aire: mezcla de verano que no termina de irse y otoño que quiere llegar. Momento bisagra del año y uno de esos días para los que uno no encuentra explicación ni lugar en el calendario, mucho menos si ha quedado en entrevistar a un maquillador de muertos y si, de repente, bajo el techito donde espera el colectivo no queda nadie. Los que estaban acá, conmigo, acabo de darme cuenta, tomaron otra línea y me dejaron. Estoy sola como cuando escribo. En lugar de repasar mentalmente las preguntas de la entrevista, me inquieto y me digo cosas como quién me manda a ir hoy a Boulogne. Y me respondo que nadie, excepto yo y mi grandísima voluntad. Y me digo que por qué lo hago y arriesgo que lo hago porque me gusta, a lo mejor porque me gusta más de la cuenta, y que eso básicamente lo justifica todo. Y que, en suma, escribir no es solo arrellanarse frente a un teclado, a espaldas del mundo: es eso y es esta espera infinita y varias cosas más que no viene a cuento enumerar, pero sí recordar de vez en cuando, como ahora.
Empecé a escribir en la adolescencia, del modo en que uno empieza todo, haciéndolo: un diario personal, un discurso de fin de año, un viaje a la montaña. Después debo haber creído que podía o quizá no, quizá no imaginé nada. En cualquier caso, escribir es hoy un ejercicio del que no puedo sustraerme, por más que trate y por más incertidumbre esa es la palabra que me genere. Hace días hablaba de esto con una amiga. Le decía que, de un tiempo a esta parte, me enroscaba en preguntas de corte metafísico, que me estaba interpelando acerca de la escritura, pero sobre todo acerca de lo que estaba produciendo que, aunque no era mucho, algo era. “En el fondo dije me estoy cuestionando si lo que hago tiene sentido y si debo seguir o largar todo para siempre”. “Yo creo que vos no podés dejar dijo ella: la escritura es la manera que tenés de entender el mundo y de estar en él, y si dejaras de hacerlo, te apartarías de una ¿herramienta? que te sirve en la vida”. 
Repasé la respuesta varias veces y me quedé pensando.
No cursé Letras en Puan, tampoco estudié periodismo, pero hice talleres con buenos maestros: con Marcelo di Marco, Liliana Heker, Josefina Licitra. Además, leí, vi películas, escuché música. “Había que aprender como dijo Capote, y de tantas fuentes”. Y ese aprendizaje, sumado a uno o dos detalles congénitos, debió alcanzar para escribir un texto respetable. Hace seis años, mis reportajes empezaron a salir y, a cambio de eso, yo empecé a cobrar. Y ese dinero inesperado y la idea de que mis textos tendrían lectores me hizo bien. En parte, digamos, me entusiasmó. “Deberías estar contenta”, me dijo más de un amigo. Y tal vez sí, y sin embargo. El 60 Ramal Panamericana no viene y yo me pregunto por qué insisto, acá, de pie ya pasaron cincuenta minutos, si no hay editor que me apure, ni medio que me exija, ni bolsillo el mío que lo necesite. Pero, ¿acaso, es eso lo que busco: un editor apurado, un medio que me pida, una billetera vacía que me obligue a escribir, lo que sea, para llenarla? Quién sabe. Por lo pronto, hay otra cosa: algo que va más allá de cualquier argumento razonable. No obstante, cambio violentamente de planes. “Daniel escribo por Whatsapp, el colectivo no viene. Un día de estos te llamo para coordinar otro encuentro. Te pido me disculpes. Saludos”.
Tengo que estar lúcida y de buen humor para lograr que mi entrevistado se sienta a gusto y hable con soltura de su intimidad (a la que no tengo ningún derecho). Lúcida y de buen humor para escribir después el texto que yo misma decidí escribir y que, tal vez, algún editor acepte leer. Y, en el mejor de los casos, publicar.

(texto publicado en la revista FronteraD)

martes, 26 de abril de 2016

El único responsable es el arquero


Textos del libro O BERRO IMPRESSO DAS MANCHETES, del escritor brasileño Nelson Rodrigues, que tuve la suerte traducir para el número 120 de la revista Etiqueta Negra

sábado, 16 de abril de 2016

El barbero (fragmento)

Miguel Barnes no llegaba al mostrador cuando su madre, María Antonia Vargas, abrió en Guayaquil 877, en el barrio de Caballito, la verdulería, de la que él y su hermano mellizo, Luis Barnes, se harían cargo tiempo después. Con los años, la empresa familiar se agotó, y el futuro barbero decidió abrir algo por su cuenta. Lo primero que hizo fue buscar un local. En la esquina de la calle Valle y el Pasaje Bertres, vio una carnicería y entró. “Me gustaría vender frutas acá,” dijo. El dueño lo miró. “Pero yo te conozco, ¿vos no sos uno de los mellizos?” Y como era, sí, el carnicero enseguida aceptó el trato. Al día siguiente, Barnes pagaba el primer flete hacia el mercado de frutos de Dorrego. Con poco efectivo, pero con fama de pagador, los puesteros, que lo conocían de toda la vida, le fiaron. Su pericia en el rubro, su manía disciplinada y su popularidad hicieron que las ventas no tardaran en aumentar. “Vení”, le dijo a los dos meses el dueño del local. Lo llevó detrás del mostrador, abrió la caja y empezó a contar. Quería mostrarle que la venta de frutas y verduras contribuía al negocio de la carne. “¿Sabés cuánto hacía que yo no trabajaba las reses que trabajo hoy ni hacía una caja como esta?”. Con el tiempo, Barnes abrió nuevos locales. En uno puso al frente a un amigo; en el otro, a una amiga. Hasta que un día dijo basta —además de mujer y una hija, ahora tenía treinta y cuatro años y un departamento propio, pero modesto, no renovó contratos y decidió aprender el oficio que de chico le había gustado y que de adulto le cambiaría la vida.
Ni peluquero ni estilista ni asesor de una agencia de peinadores: Barnes aspiraba a ostentar el vetusto título de barbero. La moda setentosa de los hombres con pelo largo, alentada por los Beatles y la British invasion, había obligado a los salones masculinos a diversificarse. En los ochenta, las peluquerías unisex se habían multiplicado y, en la última década del siglo XX, eran las más comunes. Entrados los años noventa, nadie en su sano juicio soñaba con manipular una navaja, nadie, excepto Barnes.
El pasaje de verdulero consuetudinario a barbero a tiempo completo fue gradual, pero sostenido. Mientras acumulaba antigüedades y se hacía una imagen mental de cómo sería el salón, su vestuario y con él su apariencia física empezaron a mutar: empezó a usar tiradores, sombreros, zapatos de charol. Y, así vestido, salió a la calle: recorría anticuarios y encaraba cada compra con el histrionismo y la seguridad del actor que sabe que está haciendo bien su papel. Un 7 de agosto día de San Cayetano—, tras siete años de gestación, el flamante barbero abrió un local.
“No en San Telmo ni en la avenida del Libertador ni en Puerto Madero”, aclara Barnes. La barbería La Época nació en Caballito, un barrio con doble arista comercial y residencial, de clase media, situado en el centro geográfico de la ciudad, lejos de los circuitos turísticos tradicionales, pero cerca de la avenida Rivadavia, la estación Primera Junta de la Línea A del subte y del antiguo mercado del Progreso. “Había que encontrarla”, dice hoy. Y para eso era necesario trabajar. Sin un peso, pero con ingenio y actitud ganadora, el barbero encaró el negocio. Tenía treinta y nueve años y no podía darse el lujo de fracasar. Sabía que en el camino estaba solo (la barbería nunca había sido una empresa con la que su mujer estuviera de acuerdo y su matrimonio pronto se disolvería). Lo primero que hizo fue promocionar el salón por el barrio. Visitó el colegio más importante de la zona —el Marianista— y coordinó excursiones de alumnos al local. Organizó espectáculos de jazz con músicos amigos e invitó a vecinos para que le hicieran el aguante. Regateó publicidad en periódicos barriales. Y un día de 2002, llegó a la revista Viva de Clarín sin conocer a nadie.
Era lunes y Barnes iba por primera vez a la redacción del diario, en la calle Tacuarí. Llevaba capa, maletín porta sombreros y zapatos combinados. Sabía el nombre de la secretaria del editor jefe que un exempleado de Clarín y cliente suyo le había facilitado, pero él no la conocía ni ella sabía de él. Cuando se anunció, la recepcionista le preguntó si la secretaria lo esperaba. El barbero dijo “no” y le pidió por favor que le transmitiera que él era Miguel Barnes de la barbería La Época. Mientras la mujer, perpleja, llamaba al interno, el barbero se puso en evidencia. Apoyó la sombrerera en el piso, se abrió la capa y esperó a que la chica hablara y le dijera a la destinataria que un loco la estaba buscando. La estrategia causó efecto. Enseguida lo invitaron a subir. Lo demás fue cuestión de actitud y puro talento para convencer a los presentes. La nota se tituló “Un museo viviente del pelo” y aún hoy el ejemplar cuelga de una de las paredes del salón. El barbero ya no se esfuerza por promocionarse, ahora son los medios La Nación, TN, BBC, National Geographic, los que lo buscan y se interesan en él.

(texto publicado en la edición para iPad de la revista Letras Libres del mes de marzo) 

sábado, 9 de abril de 2016

El barbero



Fue verdulero desde la adolescencia hasta que decidió convertirse en barbero (un oficio que estaba en decadencia) y montar un salón de estilo tradicional. Hoy, Miguel Barnes tiene cincuenta y seis años y, desde hace diecisiete, la barbería más peculiar de Buenos Aires, a decir de la BBC Mundo. La Legislatura porteña la declaró sitio de interés cultural en el año 2000, y Diego Maradona la elige cada vez que visita Argentina.
(texto publicado en la edición para iPad de la revista Letras Libres de marzo)

jueves, 3 de marzo de 2016

El Rey del Arco




Ataúlfo Sánchez bajó del avión, tomó su maleta y fue directo a la zona de migración del aeropuerto de la ciudad de México. Era un día lluvioso de 2001, pero el mal tiempo no opacaba la alegría de aquel hombre. Sánchez pisaba suelo azteca después de 33 años. Lo acompañaban su mujer, Vilma Alba Zilio, y parte de su prole: su hija mayor, el marido de ella y sus hijos. El exportero del club América quería mostrarles a sus nietos, Brenda y Germán, el estadio que había visto inaugurar; quería visitar a viejos amigos y revivir una vuelta a las playas de Acapulco, donde solía pasar los fines de semana y había sido feliz. Ese era el plan, pero algo lo alteró. El oficial de migración le pidió a Sánchez el pasaporte. Miró el documento y después a su dueño. Volvió a hacerlo una vez y otra, y sorprendido por lo que parecía ser una posibilidad improbable arriesgó: “¿Ataúlfo?”
–Sí –se adelantó, resuelta, la esposa, el mismo que usted supone.
Y así, recuerda hoy Sánchez, empezó todo.
El oficial lo retuvo: le ofreció el salón vip. Les dijo a sus compañeros y a otros colegas de seguridad: “Miren quién está acá.” Era un fan ante su ídolo.
Cuando por fin pudo zafarse, Sánchez buscó la salida y se reencontró con su amigo Héctor Ferrari, quien, aviso mediante, lo aguardaba. Después, la familia entera partió hacia el hotel Krystal, pero este no resultó ser lo que los Sánchez esperaban y al día siguiente se trasladaron al hotel Royal, donde se concentraba la plantilla de jugadores del América, el club en el que tres décadas antes Sánchez había brillado.
En aquel entonces, su itinerario había sido el siguiente: después de su paso por el Defensores Unidos de Zárate un club menor de una ciudad del norte del conurbano bonaerense, en Argentina, donde se había iniciado siendo apenas un adolescente, y luego de una temporada en el club Racing de Avellaneda, que lo había dejado libre, Sánchez recibió de las Águilas una oferta que lo entusiasmó. Corría 1962, y en una sala del hotel Claridge de Buenos Aires, Guillermo Cañedo, presidente de los americanistas, le extendía al futuro Rey del Arco un contrato. No era por mucha plata, pero superaba a lo que recibía en Argentina, donde pasaba meses sin ver un centavo. El trámite con Cañedo no duró más de veinte minutos. El resto fue también vertiginoso: Sánchez reunió a su mujer y a sus hijos, metió dos o tres cosas en una maleta y partió con la sensación de quien tiene todo por delante.
Y por delante lo tuvo todo: reconocimiento, amigos y una hija mexicana. Sánchez fue el arquero titular del América el día de la inauguración del Estadio Azteca. El 29 de mayo de 1966, cuando Díaz Ordaz dio el puntapié inicial, fue él quien le recibió el balón. En ese campeonato, temporada 65-66, el triunfo del América sobre el Veracruz significó para su equipo el primer título de la era profesional. En el video que registró el triunfo y que puede verse por YouTube, Sánchez intercepta lances de medio campo y festeja la final a hombros. Fueron esas atajadas prodigiosas las que le ganaron el mote del Rey del Arco.
De modo que aquel día, en ese hotel del sur de la ciudad de México, Ataúlfo Sánchez volvió a estar cerca de su equipo. En el lobby, el argentino Alfio Basile, director técnico de las Águilas, se cruzó de improviso con el recién llegado. “¿Pero qué hacés vos acá, galán de San Diego, Chulito querido?”, le dijo. Y también le dijo que el domingo, dos días después, empezaba el campeonato mexicano.
El club América se debatiría ante el Pachuca. El partido inaugural tendría lugar en el Azteca. La radio, la televisión y varios medios gráficos estaban invitados. Sánchez y familia, también.
Al llegar al estadio, la encargada de relaciones públicas del club los interceptó: les presentó al presidente del América, Javier Pérez Teuffer, organizó el encuentro con la prensa y los hizo pisar la cancha como invitados de lujo. Hubo fotos y largos reportajes como el del diario deportivo Esto. El público empezó a murmurar: algo sucedía en el campo de juego. Entonces por los altavoces oyeron el anuncio: “Se encuentra entre nosotros Ataúlfo Sánchez, quien fuera campeón del América en el año 65-66.” Se sucedieron aplausos, hubo ovación. La familia dio la vuelta olímpica. Al verse en pantalla gigante y sentir el revuelo circundante, Sánchez pensó que el corazón iba a estallarle. “Tranquilo, tranquilo”, le decía por lo bajo su mujer. Después, cuando Basile ingresó a la cancha y le calzó la camiseta de los azulcremas que, en la espalda, llevaba estampado su nombre, la cosa cobró visos apoteósicos. Con el balón en su poder, el exportero dio el puntapié inicial y partió rumbo al palco oficial junto a los suyos y otros directivos. Otra vez, Ataúlfo Sánchez llegaba a México en el momento justo.

(Fragmento del texto publicado en el número de febrero de la revista Letras Libres)

jueves, 5 de noviembre de 2015

El maestro que nadie conoce




Una crónica sobre el maestro pizzero que nadie conoce, pero que a todos alimenta. Desde el 30 de octubre, el texto completo en la edición online de la revista Letras Libres.

sábado, 16 de mayo de 2015

Personajes del fútbol brasileño



Textos del libro O BERRO IMPRESSO DAS MANCHETES del escritor brasileño Nelson Rodrigues, que traduje del portugués al español para el número 120 de la revista Etiqueta Negra.

martes, 5 de mayo de 2015

La orquesta impensada



Cateura, una localidad formada al abrigo del mayor vertedero de Asunción, ha ido adquiriendo renombre en los últimos años gracias a la Orquesta de Instrumentos Reciclados. Esta es la historia de cómo una iniciativa para integrar a niños y jóvenes de zonas marginales de Paraguay terminó por llamar la atención internacional. Y del día en que recibieron una invitación de Metallica para oficiar de teloneros de la banda.

(Reportaje publicado en el número de abril de la revista Letras Libres

jueves, 16 de abril de 2015

El teatro derriba muros

Ni Maximiliano ni el resto de sus compañeros se sienten ya intimidados. Dejó de ser así el día en que la conocieron a Busquiazo, se entusiasmaron con el guión y se animaron a actuar. De modo que ahora, dos de la tarde, Maximiliano vestido rosa, zapatos de tacón, pelo negro y largo sale a escena.
—Esta obra de teatro está por comenzar dice, estirando la frase. Y pasea, lenta, la vista por la platea.
Hay risas, aplausos, movimiento de actores. Y el grupo entero, en semicírculo ya, grita a coro “Negros tenían que ser”.
Son ellos.
Integrantes de una compañía de teatro.
Reclusos todos del CRD.
Los mismos que alguna vez robaron o mataron y explican los motivos del delito con un argumento que los libera y, a la vez, los iguala: consumir, seguir consumiendo.
Psicofármacos, pasta base, marihuana.
Ellos.
Quince hombres de vidas cortas y prontuarios largos.
Sobre lo que el destino les depara, nadie sabe.

(Fragmento del texto publicado en la revista FronteraD, "El teatro derriba muros en el penal argentino de Ezeiza")

jueves, 12 de febrero de 2015

Ricardo Péculo. Faccia da funerale


                                                                                                     Foto: Mariana Araujo


Bajo el título “Ricardo Péculo. Faccia da funerale. La revista italiana Internazionale publicó, en su número 1078 (21/ 27 de noviembre de 2014), mi reportaje “El hombre del ataúd”.

Acá, un fragmento del texto publicado meses atrás, en la revista Letras Libres.

"Es una tarde de abril y estoy sentada frente a Ricardo Péculo —barba candado, pulóver clásico color arena, pañuelo al cuello— en el bar de un hotel céntrico de Buenos Aires. Mientras se presenta —tanatólogo, especialista en ritos funerarios, docente— me detengo en su voz y pienso que en la voz cavernosa y circunspecta de Péculo hay algo de café, tabaco, noche.
Nos reunimos esta tarde para hablar de la muerte.
—Porque de la muerte —dirá él enseguida— uno tiene que hablar. La gente, lógico, no habla, no organiza, no planifica y después viene y te dice, por ejemplo, que "él" quería que lo cremaran y lo tiraran a los marranos"

lunes, 22 de diciembre de 2014

viernes, 14 de noviembre de 2014

martes, 30 de septiembre de 2014

El hombre del ataúd


Ricardo Péculo es el especialista que más sabe de honras fúnebres en Argentina, y probablemente también en América Latina. Lo llamaron para las exequias de Néstor Kirchner y de Hugo Chávez, y lo llaman para asistir a una infinidad de familias anónimas que quieren despedirse como si se tratara de una fiesta. La obsesión por el trabajo, el humor, las mujeres, la propia muerte y el estreno en cine de su primer documental: este es el perfil del funeral planner —como él se llama así mismo— más célebre del continente.

(Texto publicado en la revista Letras Libres)