martes, 14 de julio de 2020
miércoles, 6 de mayo de 2020
Final del viaje
Dicen que
los síntomas se parecen a los de una gripe normal: fiebre, dolores musculares
y tos seca. Dicen que los más viejos
y quienes padecen de otras patologías son el grupo más vulnerable. Dicen que los que tienen fiebre y sienten dificultad para respirar deben
comunicarse con el SNS24: el Centro de Contacto do Serviço Nacional de Saúde. Según las últimas noticias, en Portugal, hay 59 casos positivos de covid-19, y los pronósticos, en el país y en el mundo, son todos desalentadores. La ministra de salud Marta Temido pide que se refuercen las medidas de contención y apela al buen juicio de los portugueses. Es miércoles 11 de marzo, es 2020, y estoy en Lisboa.
(texto publicado en la Revista de la Universidad de México)
miércoles, 22 de abril de 2020
domingo, 8 de marzo de 2020
Pessoa
@Lisboa, março 2020
Visito Lisboa desde hace
casi dos décadas. Fui por primera vez en el año 2000 en un viaje en el conocí
también el pueblo de mi padre, en la Beira Alta. Volví a la capital de Portugal
al año siguiente, y en 2003, ya decidida, me instalé por un tiempo para
estudiar lengua y cultura portuguesas. Estudiaba en la Universidad Nova de
Lisboa y vivía en la Ajuda, un barrio
de calles encaramadas y algo laberínticas, en un departamento de dos plantas
que compartía con otras tres estudiantes. Desde la sala de estar,
podía ver, imponentes, el Puente 25 de Abril y el Tajo infinito. Regresé a
Argentina a fines del 2003 y, desde entonces, cada vez que
puedo vuelvo a Lisboa para matar saudades.
La fadista Mísia
acierta cuando dice que la saudade es como la presencia de una
ausencia. “No es un sentimiento negativo —aclara— sino algo creativo de eterno
retorno, algo como un vacío lleno de memoria”.
“…cuanto más lejos siento
el pasado/ la saudade más cerca siento”, escribió Pessoa.
Fue durante aquella época
de estudiante en Lisboa cuando empecé a leer con más detenimiento la obra del
poeta portugués y cuando aprendí mucho de lo que sé de él que es, en general,
considerando lo huidizo y enigmático de su carácter, lo mismo que todos saben.
En su ensayo El desconocido de sí mismo Octavio Paz dijo: “Su secreto
está escrito en su nombre: Pessoa en portugués quiere decir ‘persona’ y viene del latín persona, máscara de los actores romanos.
Máscara, personaje de ficción, ninguno: Pessoa. Su historia podría reducirse al
tránsito entre la irrealidad de su vida cotidiana y la realidad de sus
ficciones”.
Pessoa resumió lo
anterior diciendo: “Me he multiplicado para sentirme”. Y selló el
dramatismo de su personalidad a través de una de sus máximas creaciones: los
heterónimos —Álvaro de Campos, Alberto Caeiro y Ricardo Reis, entre otros—, más
de cien autores ficticios, álter egos del poeta, dotados de una biografía, una
manera de pensar y un discurso capaces de dialogar, contradecir y hasta juzgar
a su propio creador, Pessoa, el ortónimo, el primer lector de sus ficciones.
“Así —continua Paz—, no es inútil
recordar los hechos más salientes de su vida, a condición de saber que se trata
de las huellas de una sombra. El verdadero Pessoa es otro”.
Entre esos hechos
salientes, menciono algunos: su nacimiento en Lisboa, en 1888; la muerte de su
padre cinco años después; las segundas nupcias de su madre con el cónsul
portugués en Durban; su mudanza al país africano; su educación inglesa y el
regreso definitivo a Portugal, en 1905, veintitrés años antes de que, al otro
lado del Atlántico, naciera un tal Juan Antonio Bucich.
(fragmento de "El rastro de los libros", texto publicado en la revista El Malpensante)
lunes, 20 de enero de 2020
Fellini - 100
![]() |
| Fuente: AFP |
“Mi
primer encuentro con Federico fue para hacer La dolce vita —confesó Marcello Mastroianni, en su libro Sí, ya me acuerdo—. Tuvo lugar en
Fregene, donde él tenía una villa. Naturalmente, yo estaba muy excitado. Y
Fellini, con aquel aire de encantador de serpientes, aquella vocecilla que
sonada como una flauta mágica, exclamó de inmediato: ‘Ooooh, mi querido
Marcellino, me alegro mucho de verte. Tengo un proyecto para rodar una
película; el productor es Dino De Laurentiis. De Laurentiis quiere a Paul
Newman para el papel de protagonista. Paul Newman es un gran actor, una
estrella, desde luego, pero es demasiado importante. A mí me sirve una cara
cualquiera’”.
Ante semejante manifestación de honestidad, Mastroianni, como todo el mundo sabe, no se ofendió.
“Para
Fellini hacer cine era realmente un juego —diría Marcello después—, una fiesta,
una fiesta continua”.
(mi homenaje a Fellini, en La Nación Revista)
lunes, 13 de enero de 2020
La dulce vida de Federico Fellini
El mundo se prepara para homenajear a uno de los grandes maestros del cine. Cómo un solitario dibujante de Rímini se convirtió en un artista irresistible que hasta acuñó su propio adjetivo. Texto publicado en La Nación Revista.
jueves, 9 de enero de 2020
Introducción a "La orquesta impensada"
Introducción a "La orquesta impensada", en Crónicas de América Latina: Narrativa de no-ficción, editorial Routledge, disponible en Amazon, en tapa dura, tapa blanda y Kindle.
miércoles, 11 de diciembre de 2019
Crónicas de América Latina
Mi crónica "La orquesta impensada", en este volumen de Crónicas de América Latina: Narrativa de no ficción, publicado recientemente por la editorial británica Routledge. Se trata de una antología para la enseñanza de español avanzado en Estados Unidos y Gran Bretaña.
La Orquesta de Instrumentos Reciclados de Cateura es una agrupación de niños y adolescentes que tocan instrumentos hechos con restos de basura. Son oriundos de Cateura, una localidad formada alrededor del mayor basurero de la capital paraguaya. La crónica cuenta la historia de cómo una iniciativa para integrar a jóvenes de zonas marginales termina por llamar la atención internacional y del día en que el grupo Metallica les propone oficiar de teloneros en su gira 2014 por Sudamérica.
Cateura no es, en opinión del profesor Chávez, un lugar para tener un violín —de hecho un violín cuesta más que una casa—. No obstante, gracias a su empeño y a la ayuda de muchos, en las casas de la localidad hoy hay violines y otros instrumentos musicales.
Compilaron la antología Miguel Á. Novella, profesor asociado de español en Eastern Washington University, y Esteban Mayorga, profesor de literatura y de estudios latinoamericanos en el Departamento de Lenguas de la Universidad de Niágara, Nueva York, y en la Universidad San Francisco de Quito, Ecuador.
jueves, 17 de octubre de 2019
viernes, 20 de septiembre de 2019
El rastro de los libros
Una lectora de Pessoa compra en Mercado Libre una edición de la primera antología que se hizo del autor portugués en Latinoamérica. En la marginalia encuentra un camino que la lleva hasta el anterior propietario. Un puente entre Lisboa y Buenos Aires.
(texto publicado en la Edición 211 de la revista El Malpensante)
sábado, 14 de septiembre de 2019
Crónicas de América Latina
Mi crónica "La
orquesta impensada" elegida para integrar este volumen de Crónicas de América Latina: narrativa de no-ficción, que la editorial británica Routledge publicará
próximamente. Se trata de una antología de crónicas diseñada para la
enseñanza de español avanzado en Estados Unidos y Gran Bretaña.
“Los
textos, fascinantes y accesibles, permiten que los estudiantes se adentren en
la compleja realidad contemporánea, tanto política como social y cultural, de
América Latina, mientras refuerzan la lectura, la redacción y la conversación.
Los ejercicios, todos ellos diseñados a partir de los propios textos, pretenden
repasar problemas gramaticales y léxicos tradicionales, con especial énfasis en
aquellos que atañen a las variedades dialectales del español americano: por
ejemplo, el uso del pronombre ‘vos’”.
martes, 2 de julio de 2019
jueves, 23 de mayo de 2019
De cómo desembarcó Fernando Pessoa en la Argentina
(texto publicado en la revista Hablar de Poesía)
No: no quiero nada.
Ya dije que no quiero nada.
¡No me vengan con conclusiones!
La única conclusión es morir.
(1923) ÁLVARO DE CAMPOS
miércoles, 6 de febrero de 2019
Verona
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| Fotografía: Zoltan Kovacs - Unsplash Ni la previsora más radical ni el viajero más experimentado están a salvo de la lógica imponderable de los viajes. Sin embargo, entre infaustos episodios y expectativas malogradas, podría filtrarse una anécdota memorable. (texto publicado en la revista Letralia) |
miércoles, 31 de octubre de 2018
25 anni dalla morte di Fellini
“SULLA SUA TOMBA SOLTANTO FIORI ROSSI”: DALL’ARGENTINA A RIMINI, CERCANDO FEDERICO FELLINI, A 25 ANNI DALLA MORTE
Hace 25 años moría Federico Fellini, y el mundo perdía a uno de sus grandes creadores. Mi homenaje en la revista Pangea.
Hace 25 años moría Federico Fellini, y el mundo perdía a uno de sus grandes creadores. Mi homenaje en la revista Pangea.
miércoles, 13 de junio de 2018
María
Desde
hace más de una década visito a mi tía con cierta regularidad. La vine a ver
por primera vez en el año 2000, a la casa de São João do Estoril —una
localidad costera situada a 30 kilómetros de Lisboa—, donde estoy ahora. Pasé
con ella, en esta misma casa, en un barrio llamado Galiza, los últimos meses del
2001. Juntas vimos el derrumbe de las Torres Gemelas y el comienzo de la guerra
de Irak en 2003. Ese año, yo había decidido estudiar lengua y cultura
portuguesas, y me había mudado a Lisboa. No vivía con mi tía, pero la
frecuentaba. Después, volví a Buenos Aires, y siete años más tarde, en mayo de
2011, en el lugar de siempre, nos volvimos a ver. Esa vez charlamos mucho; probablemente más que las veces anteriores. Y fue durante ese breve período, entre una
charla y otra, cuando me pregunté, una y otra vez, cómo, con qué recursos,
cuando se carece de casi todo, llega una mujer a formar su carácter y
defenderse y vivir, de adulta, todas las vidas que le han tocado. Porque María, intuí en ese entonces, es muchas
—demasiadas— mujeres a la vez. Mirarla a ella era como mirar un destino
colectivo sobre el que me hacía preguntas.
Tal vez por eso, tiempo después, vuelvo a verla. Ella me
recibe como si me hubiese estado esperando. Yo, como diciendo: “¿Viste que no
pasó tanto tiempo al final?”.
Sin embargo, algunas cosas han cambiado desde la última
vez. Desde hace tres semanas, María está postrada, recuperándose,
después de una caída, de una cirugía de fémur.
Que los huesos se achaquen y se rompan es usual a
determinada edad y, en ocasiones, en muchas, las consecuencias de dichos
achaques son previsibles, además de tristes. Sin embargo hay algo que me
tranquiliza: mi tía no suele ser la regla. Así como se la ve, sola y
medio descangayada, derriba estadísticas, altera pronósticos, acorta tiempos de
recuperación y me pregunta, desde la cama, después de saludarme y sonreír y ser,
contra toda previsión, la de siempre en la voz y en el espíritu en alto, si ya
almorcé, si no me gustaría comer algo, que en la heladera hay de todo.
—Fijate: hay queso, hay leche, hay carne. Hacete un sándwich, vos al final nunca comés nada.
Yo no comeré nada, pienso, pero vos, tía, no cambiás más.
(fragmento del texto "Todas las vidas de María")
domingo, 11 de febrero de 2018
Borges en Il Giornale
Nota sobre Buenos Aires en en el diario Il Giornale de Italia. El texto es de Davide Brullo, la foto es mía.
miércoles, 3 de enero de 2018
Federico Fellini y el origen de los sueños
Tras cinco años de reformas, reabre en la ciudad de Rímini la mítica sala Fulgor, donde el cineasta italiano vio sus primeras películas y cuyos alrededores inspiraron escenas memorables.
(texto publicado en La Nación Revista)
sábado, 16 de septiembre de 2017
lunes, 14 de agosto de 2017
La Gran Proa
A Fellini no le gustaba volver a Rímini, pero finalmente volvió. Y acá está, en el panteón familiar, en una tumba con forma de nave que viaja a través del
tiempo y que, al decir de su autor, el escultor italiano Arnaldo
Pomodoro, representa, a la vez, la grandeza y la gloria de la obra del cineasta. Me acerco, le dejo flores. “Si son para Fellini —me dijo minutos antes el florista—, que sean rojas".
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| © María Soledad Pereira |
miércoles, 28 de junio de 2017
Tras la sombra de Fellini
Dall’Argentina a Rimini per studiare Fellini. Una brutta avventura
Mi viaje a Rímini por Davide Brullo, en el diario Rimini2.0.
martes, 6 de junio de 2017
miércoles, 18 de enero de 2017
martes, 6 de diciembre de 2016
viernes, 4 de noviembre de 2016
miércoles, 19 de octubre de 2016
Poesia-me
jueves, 22 de septiembre de 2016
Escribir un retrato
Es
feriado y es el día en quedé en encontrarme con el hombre que más sabe de
tanatopraxia y tanatoestética en Argentina; el que introdujo las dos técnicas
cuando en el país nadie las practicaba; el mismo que preparó los cuerpos de
Poli Armentano, María Elena Walsh, Caloi y Amalia de Fortabat. Entre otras
cosas, voy preguntarle qué gracia tiene maquillar a alguien que ya no puede
mirarse en el espejo. Y también voy pedirle permiso para ver en vivo cómo lo
hace. Y con eso —y varias cosas más—, voy a escribir un retrato.
Daniel
Carunchio vive y trabaja en Boulogne —una ciudad del Gran Buenos Aires, situada a unos 30
kilómetros de la Capital Federal— y hoy está dando un curso en la funeraria que
abrió recientemente. Para llegar desde barrio Norte, hay que tomar el 60 Ramal
Panamericana, bajar en Camino Real Morón, cruzar el puente que, a esa altura,
se alza sobre la ruta, bordear el cementerio de Boulogne y caminar por la calle
Nuestras Malvinas, unas cinco cuadras.
Son
las nueve de la mañana. “Daniel, buen día —escribo por Whatsapp, al llegar a la parada de Sánchez
de Bustamante y Las Heras—, no bien tome el colectivo, te aviso. Lo estoy
esperando”. Pero el colectivo tarda: veinte minutos, treinta. “No viene más”,
pienso. Y también pienso que debí haberlo previsto. Es jueves 24 de marzo,
jornada de homenajes por los cuarenta años del golpe militar, previo al domingo
de Pascua, y Barack Obama está en Buenos Aires. La ciudad es una maraña. La
frecuencia de colectivos parece haber disminuido, pero hay más autos y calles
cortadas y gente con ganas de partir. Lejos. Y hay, además, algo raro en el
aire: mezcla de verano que no termina de irse y otoño que quiere llegar.
Momento bisagra del año y uno de esos días para los que uno no encuentra
explicación ni lugar en el calendario, mucho menos si ha quedado en entrevistar
a un maquillador de muertos y si, de repente, bajo el techito donde espera el
colectivo no queda nadie. Los que estaban acá, conmigo, acabo de darme cuenta,
tomaron otra línea y me dejaron. Estoy sola como cuando escribo. En lugar de
repasar mentalmente las preguntas de la entrevista, me inquieto y me digo cosas
como quién me manda a ir hoy a Boulogne. Y me respondo que nadie, excepto yo y
mi grandísima voluntad. Y me digo que por qué lo hago y arriesgo que lo hago
porque me gusta, a lo mejor porque me gusta más de la cuenta, y que eso
básicamente lo justifica todo. Y que, en suma, escribir no es solo arrellanarse
frente a un teclado, a espaldas del mundo: es eso y es esta espera infinita y
varias cosas más que no viene a cuento enumerar, pero sí recordar de vez en
cuando, como ahora.
Empecé
a escribir en la adolescencia, del modo en que uno empieza todo, haciéndolo: un
diario personal, un discurso de fin de año, un viaje a la montaña. Después debo
haber creído que podía o quizá no, quizá no imaginé nada. En cualquier caso,
escribir es hoy un ejercicio del que no puedo sustraerme, por más que trate y
por más incertidumbre —esa es la palabra— que me genere. Hace días hablaba de esto con una
amiga. Le decía que, de un tiempo a esta parte, me enroscaba en preguntas de
corte metafísico, que me estaba interpelando acerca de la escritura, pero sobre
todo acerca de lo que estaba produciendo que, aunque no era mucho, algo era.
“En el fondo —dije— me estoy cuestionando si lo que hago tiene sentido
y si debo seguir o largar todo para siempre”. “Yo creo que vos no podés dejar —dijo ella—: la escritura es
la manera que tenés de entender el mundo y de estar en él, y si dejaras de
hacerlo, te apartarías de una ¿herramienta? que te sirve en la vida”.
Repasé
la respuesta varias veces y me quedé pensando.
No
cursé Letras en Puan, tampoco estudié periodismo, pero hice talleres con buenos
maestros: con Marcelo di Marco, Liliana Heker, Josefina Licitra. Además, leí,
vi películas, escuché música. “Había que aprender —como dijo Capote—, y de tantas
fuentes”. Y ese aprendizaje, sumado a uno o dos detalles congénitos, debió
alcanzar para escribir un texto respetable. Hace seis años, mis reportajes
empezaron a salir y, a cambio de eso, yo empecé a cobrar. Y ese dinero
inesperado y la idea de que mis textos tendrían lectores me hizo bien. En
parte, digamos, me entusiasmó. “Deberías estar contenta”, me dijo más de un
amigo. Y tal vez sí, y sin embargo. El 60 Ramal Panamericana no viene y yo me
pregunto por qué insisto, acá, de pie —ya pasaron cincuenta minutos—, si no hay editor
que me apure, ni medio que me exija, ni bolsillo —el mío— que lo necesite. Pero, ¿acaso, es eso lo que busco:
un editor apurado, un medio que me pida, una billetera vacía que me obligue a
escribir, lo que sea, para llenarla? Quién sabe. Por lo pronto, hay otra cosa:
algo que va más allá de cualquier argumento razonable. No obstante, cambio violentamente
de planes. “Daniel —escribo por Whatsapp—, el colectivo no viene. Un día de estos te llamo
para coordinar otro encuentro. Te pido me disculpes. Saludos”.
Tengo
que estar lúcida y de buen humor para lograr que mi entrevistado se sienta a
gusto y hable con soltura de su intimidad (a la que no tengo ningún derecho).
Lúcida y de buen humor para escribir después el texto que yo misma decidí
escribir y que, tal vez, algún editor acepte leer. Y, en el mejor de los casos,
publicar.
(texto publicado en la revista FronteraD)
martes, 26 de abril de 2016
El único responsable es el arquero
Textos del libro O BERRO IMPRESSO DAS MANCHETES, del escritor brasileño Nelson Rodrigues, que tuve la suerte traducir para el número 120 de la revista Etiqueta Negra
sábado, 16 de abril de 2016
El barbero (fragmento)
Miguel
Barnes no llegaba al mostrador cuando su madre, María Antonia Vargas, abrió
en Guayaquil 877, en el barrio de Caballito, la verdulería, de la que él y su
hermano mellizo, Luis Barnes, se harían cargo tiempo después. Con los años, la
empresa familiar se agotó, y el futuro barbero decidió abrir algo por su cuenta.
Lo primero que hizo fue buscar un local. En la esquina de la calle Valle y el
Pasaje Bertres, vio una carnicería y entró. “Me gustaría vender frutas acá,”
dijo. El dueño lo miró. “Pero yo te conozco, ¿vos no sos uno de los mellizos?” Y como era, sí, el carnicero
enseguida aceptó el trato. Al día siguiente, Barnes pagaba el primer flete hacia el mercado de frutos de Dorrego. Con poco efectivo, pero con fama de pagador,
los puesteros, que lo conocían de toda la vida, le fiaron. Su pericia en el
rubro, su manía disciplinada y su popularidad hicieron que las ventas no
tardaran en aumentar. “Vení”, le dijo a los dos meses el dueño del local. Lo
llevó detrás del mostrador, abrió la caja y empezó a contar. Quería mostrarle
que la venta de frutas y verduras contribuía al negocio de la carne. “¿Sabés
cuánto hacía que yo no trabajaba las reses que trabajo hoy ni hacía una caja como
esta?”. Con el tiempo, Barnes abrió nuevos locales. En uno puso al frente a un amigo; en el otro, a una amiga. Hasta que un día dijo basta —además de mujer y una hija, ahora tenía treinta y cuatro años y un
departamento propio, pero modesto—, no
renovó contratos y decidió aprender el oficio que de chico le había gustado y
que de adulto le cambiaría la vida.
Ni peluquero ni estilista ni asesor de una agencia de peinadores: Barnes aspiraba a ostentar el vetusto título de barbero. La moda setentosa de los hombres con pelo largo, alentada por los Beatles y la British invasion, había obligado a los salones masculinos a diversificarse. En los ochenta, las peluquerías unisex se habían multiplicado y, en la última década del siglo XX, eran las más comunes. Entrados los años noventa, nadie en su sano juicio soñaba con manipular una navaja, nadie, excepto Barnes.
El pasaje de verdulero consuetudinario a barbero a tiempo completo fue gradual, pero sostenido. Mientras acumulaba antigüedades y se hacía una imagen mental de cómo sería el salón, su vestuario y con él su apariencia física empezaron a mutar: empezó a usar tiradores, sombreros, zapatos de charol. Y, así vestido, salió a la calle: recorría anticuarios y encaraba cada compra con el histrionismo y la seguridad del actor que sabe que está haciendo bien su papel. Un 7 de agosto —día de San Cayetano—, tras siete años de gestación, el flamante barbero abrió un local.
“No en San Telmo ni en la avenida del Libertador ni en Puerto Madero”, aclara Barnes.La barbería La
Época nació en Caballito, un barrio con doble arista comercial y residencial,
de clase media, situado en el centro geográfico de la ciudad, lejos de los
circuitos turísticos tradicionales, pero cerca de la avenida Rivadavia ,
la estación
Primera Junta de la Línea A del subte y del antiguo mercado del
Progreso. “Había que encontrarla”, dice hoy. Y para eso era necesario trabajar.
Sin un peso, pero con ingenio y actitud ganadora, el barbero encaró el negocio.
Tenía treinta y nueve años y no podía darse el lujo de fracasar. Sabía que en el
camino estaba solo (la barbería nunca
había sido una empresa con la que su mujer estuviera de acuerdo y su matrimonio
pronto se disolvería). Lo primero que hizo fue promocionar el salón por el
barrio. Visitó el colegio más importante de la zona —el Marianista— y coordinó excursiones de alumnos al local.
Organizó espectáculos de jazz con músicos amigos e invitó a vecinos para que le
hicieran el aguante. Regateó publicidad en periódicos barriales. Y un día de
2002, llegó a la revista Viva de Clarín sin conocer a nadie.
Era lunes y Barnes iba por primera vez a la redacción del diario, en la calle Tacuarí. Llevaba capa, maletín porta sombreros y zapatos combinados. Sabía el nombre de la secretaria del editor jefe que un exempleado de Clarín y cliente suyo le había facilitado, pero él no la conocía ni ella sabía de él. Cuando se anunció, la recepcionista le preguntó si la secretaria lo esperaba. El barbero dijo “no” y le pidió por favor que le transmitiera que él era Miguel Barnes dela barbería La Época. Mientras
la mujer, perpleja, llamaba al interno, el barbero se puso en evidencia. Apoyó
la sombrerera en el piso, se abrió la capa y esperó a que la chica hablara y le
dijera a la destinataria que un loco la estaba buscando. La estrategia causó
efecto. Enseguida lo invitaron a subir. Lo demás fue cuestión de actitud y puro
talento para convencer a los presentes. La nota se tituló “Un museo viviente
del pelo” y aún hoy el ejemplar cuelga de una de las paredes del salón. El barbero ya no
se esfuerza por promocionarse, ahora son los medios —La Nación, TN, BBC,
National Geographic—, los que lo buscan y se interesan en él.
Ni peluquero ni estilista ni asesor de una agencia de peinadores: Barnes aspiraba a ostentar el vetusto título de barbero. La moda setentosa de los hombres con pelo largo, alentada por los Beatles y la British invasion, había obligado a los salones masculinos a diversificarse. En los ochenta, las peluquerías unisex se habían multiplicado y, en la última década del siglo XX, eran las más comunes. Entrados los años noventa, nadie en su sano juicio soñaba con manipular una navaja, nadie, excepto Barnes.
El pasaje de verdulero consuetudinario a barbero a tiempo completo fue gradual, pero sostenido. Mientras acumulaba antigüedades y se hacía una imagen mental de cómo sería el salón, su vestuario y con él su apariencia física empezaron a mutar: empezó a usar tiradores, sombreros, zapatos de charol. Y, así vestido, salió a la calle: recorría anticuarios y encaraba cada compra con el histrionismo y la seguridad del actor que sabe que está haciendo bien su papel. Un 7 de agosto —día de San Cayetano—, tras siete años de gestación, el flamante barbero abrió un local.
“No en San Telmo ni en la avenida del Libertador ni en Puerto Madero”, aclara Barnes.
Era lunes y Barnes iba por primera vez a la redacción del diario, en la calle Tacuarí. Llevaba capa, maletín porta sombreros y zapatos combinados. Sabía el nombre de la secretaria del editor jefe que un exempleado de Clarín y cliente suyo le había facilitado, pero él no la conocía ni ella sabía de él. Cuando se anunció, la recepcionista le preguntó si la secretaria lo esperaba. El barbero dijo “no” y le pidió por favor que le transmitiera que él era Miguel Barnes de
(texto publicado en la edición para iPad de la revista Letras Libres del mes de marzo)
sábado, 9 de abril de 2016
El barbero
Fue
verdulero desde la adolescencia hasta que decidió convertirse en barbero (un
oficio que estaba en decadencia) y montar un salón de estilo
tradicional. Hoy, Miguel Barnes tiene cincuenta y seis años y, desde hace
diecisiete, la barbería más peculiar de Buenos Aires, a decir de la BBC Mundo.
La Legislatura porteña la declaró sitio de interés cultural en el año 2000, y
Diego Maradona la elige cada vez que visita Argentina.
(texto publicado en la edición para iPad de la revista Letras Libres de marzo)
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